martes, 14 de octubre de 2008

Nació un 31 de agosto de 1929. Murió un 4 de diciembre de 1994
Un homenaje al maestro Ribeyro

Maestro, usted que descansa allá en el cielo, cuénteme, cómo nos ve. A estos personajes suyos, a estos mudos parlantes. Cuénteme maestro, ya que sin haberlo conocido me siento cerca de usted… Y pensar que a han transcurrido casi catorce años de su partida.

Escribe: David Gavidia.

Querido Julio Ramón,

Discúlpeme por estas vagas líneas. Su grandeza, tal vez, hagan de este homenaje un sencillo pasquín, pero no podía ser ajeno a su celebridad, ajeno al mes en el que usted, por terco, se nos fue.

Y le digo terco, porque usted Ribeyro prefirió la tumba a quedarse paralítico de genio (no podía escribir sin cigarro entre los labios), temeroso cáncer de mentes fértiles como la suya Julio Ramón. Pero ello nos costó, nos dolió y golpeó duro aquí en el corazón, por que dejamos que usted sea devorado por aquella musa negra vestida de cangrejo y nos dejara huérfanos de cuento, huérfanos de Ribeyro.

Y uno que lo conoció desde pequeño y oyó de voces padres oír que Ribeyro era camarada de tertulia, flaco, lánguido y ameno de voz. Aunque su fama de triste lo hayan hecho un literato que gusta. Pocos han logrado lo que usted, Julio Ramón: hacer de Lima, eje motriz de sus historias, capital convulsionada donde “…encontrar a un limeño es un verdadero milagro” y van muriendo los recuerdos de “Las tristes querellas en las vieja quintas”.

Ribeyro, y uno que aprendió a quererlo en las aulas al toparse con “Los gallinazos sin plumas” en las carpetas primarias, “La botella de chicha” en las secundarias y con “Silvio en el Rosedal” en la universitarias, déjeme decirle algo: en realidad con usted se aprende, sí, se aprende a ver “su” vida, “nuestra” vida depositada en aquellas hojas amarillas, todos somos personajes de sus obras, todos hemos crecido como higuerillas en los lugares más amargos y escarpados, donde se aprende de la vida, su dulzura y acidez. Don Julio Ramón, hoy usted nos hace falta.

Y si pedí disculpas por estas líneas fue porque esta misiva de investigación no tiene nada, pero si de aquellas cartas que usted, amigo mío recibía cuando en Paris yacía afincado y con la cabeza gacha evitando la fama, aquella que usted tanto odiaba. De usted se ha escrito mucho, y se ha hablado mucho también, pero todos tienen un defecto: Todos creen tener la gran verdad.

Don Julio Ramón Ribeyro, qué hubiera sido de usted si nos hubiera durado un poquito más. Porque se nos fue como los más grandes… quién lo diría pues, que ese flaco “fumeque”, el mismo que irónicamente cuidaba su salud con largos paseos en bicicleta acompañado, por supuesto, de un cigarro en los delgados labios, logaría en su soledad disfrutar del premio más importante de las letras en el habla hispana: el Rulfo, sueño de los más connotados escritores. Pues sí Julio Ramón, lo ganó y días más tarde nos dejó, ¿Irónico verdad?, o es que usted lo decidió así, largarse de esta tierra para ser recodado como los más grandes… se nos murió usted en los años más felices de su vida, cuando con cáncer y todo era capaz de encender cigarrillos y disfrutar escribiendo frente a su vieja máquina, la misma que no abandonó ni un minuto antes de su muerte, aquella fabulosa que fue el nexo entre su mente y el papel para regalarnos los personajes más entrañables de sus obras, entregarnos Efraínes, Bobys y Albertos en frenéticas luchas con los cholos Gálvez, por que usted fue así Ribeyro, terco, y prefirió dejarnos huérfanos de cuento a quedarse usted viciado de mente, paralítico de credo literario.

Don Julio Ramón, le dejo esta carta bajo el brazo, tal vez no fue mucho, pero la intención cuenta, no quise repasar mayores detalles de su vida, para qué, si usted fue tan discreto. Para qué hablar, para que narrar, sólo le digo algo amigo mío, cuando respiro tranquilo en cama y salta a mi mente las ganas de soñar pienso en usted, creo en su obra y la agradezco, luego maldigo la hora en la que este mundo de mierda nos privó de usted, don Julio Ramón Ribeyro. Seguiré su sendero, ¡Gracias Maestro!.

miércoles, 8 de octubre de 2008


Del significado de Octubre y sus creencias religiosas
Cristo negro, su hábito y el turrón...

Porque soy flojo y ando con la cuestión apagada no se me ocurre mejor idea que colocar esta crónica hecha en 2003 cuando trabajaba en el extinguido diario Liberación y tenía 19 años. En su momento tuvo buenos comentarios. Hoy (ya con casi 25) la noto un poco extensa y con muchas comas que deberían ser reemplazadas por puntos seguidos. Al igual de palabras y párrafos enteros que borraría. De todas formas se las entrego ¡Con cariño! Ya, lean y comenten.

Escribe: David Gavidia .
Foto: Karen Espejo (pirateada sin su permiso del hi5 que poseramente mantiene).

Tuve la suerte de nacer en un mes de tradiciones, una tarde de Octubre, mientras el Señor de los Milagros recorría la avenida Brasil para hacer su típica visita al Hospital del niño.

Mi madre era dada de alta en el Hospital del Empleado y salía conmigo en brazos. Era un recién nacido. No comprendía lo que significa este mes en Lima. Imagino que mi primer contacto con la sociedad fue con alguna señora gorda y fea que le ofrecía a mi mamá Vicky un dije milagroso, con una imagen indescifrable para mi, mientras otra me echaba incienso en la cara para la suerte...por cierto, la tuve.

Han pasado 19 años y recuerdo haber acompañado fielmente aquella imagen indescifrable en sus inicios y que terminó por llamarse Señor Milagros. Al principio sin saber por qué y hoy con la firme convicción de seguir haciéndolo hasta que me recojan de este mundo. Durante años comprendí lo que significa este mes en el que tuve el privilegio de ver por primera vez la luz. Octubre resultó ser sinónimo de fiesta y fe, donde los fieles siempre miran en dirección a las Nazarenas como los árabes a la Meca.

Octubre, además de fervientes muestras de fe significa un atracón de la patada en las principales arterias de Lima. Ojo descuidados y descuidadas. Choros y pirañas abundan. ¡Señor, ten piedad de nosotros!.

Jamás use hábito. Recuerdo que en el año 93, cuando cursaba el tercero de primaria, un amigo llegó al colegio con una corbatita en la que tenía bordada la imagen del Señor, lo primero que pensé fue en tener una igual y llegar a las aulas orgullosísimo y corbatudo, con cara de penitencia y de ser buen religioso. Llegué a casa, le pedí una igual a mi mamá, la respuesta fue negativa: “Tienes que ser devoto”, me dijo, ¿Qué significaba eso?, pensé, en mis escasos nueve años. “Tienes que ser fiel”, me respondió, de seguro intuyendo mi aun tierna ignorancia. Nunca use una igual.

Diez años después de este suceso tan lejano y añorado aun recuerdo a este compañero y me pregunto si seguirá con sus firmes convicciones, como en aquellos años de primaria, cuando incluso se atrevió a darme algún cursillo acelerado para ser “todo un devoto”.

Ya lejos de las aulas escolares y trabajando para este medio de comunicación, aprovechando una comisión, decidí pasear por esa zona morada y entrar un momento a venerar a la Imagen, sorpresa mía, al ver que para ingresar a tocar un cuarto de segundo la efigie, tenía que hacer una cola enorme, toda una procesión. “Ingreso dos de la tarde”, un letrero. Observo el reloj, medio día, era un abuso.

Una música celestial acarició mis oídos. “Señor de los Milagros... aquí venimos en procesión, tus fieles devotos a implorar tu bendición...” ¿La música vendrá de los interiores de la iglesia?, ¡No!. Sorpresa, el último grito de la moda en venta: el CD del Señor de los Milagros, con todos los temas de la famosa procesión, además la historia narrada por una voz melancólica, preocupada o estreñida, ¿Cual es el precio?, Diez soles joven, es doble. ¿Y el casete?, 5 soles.

¿Cuántos vendes al día?, pregunto confianzudamente a un señor de camiseta blanquiazul. El me responde sin pensarlo siete veces. “Depende, 5 o 6 incluso más".

Una Señora que observa la conversación se acerca con un centenar de estampitas, velas y rosarios. Sin que nadie le preguntara algo ella responde a mi inquietud anterior. “Yo puedo ganar hasta 100 soles en los días de procesión, trabajo desde la 6 de la mañana joven hasta las 9 de la noche".

El mundo del turrón en las afueras de las Nazarenas. Siento en la espalda un jalón, mi chompa se estira al máximo. “Tenga cuidado oiga”. Le digo a una turronera uniformada de enfermera. Ella, con el bocado de la muerte en una bandeja de platino insiste. “¡Joven no se lleva un turrón!”. “Suficiente con el tuyo”, quise responder. Noté que le faltaba un diente. “No hay plata”. Respondí con incomodidad, pues 10 vendedoras más se venían al asecho con su mañoseo turronesco. ”Prueba te va a gustar”, insinúa la chimuela. Acepto. Un mordiscón a aquella suave porción de miel y frutillas, sabe bien. Es “Doña pepa, el original”.

Pronto caigo en la cuenta que todo los turrones son de Doña Pepa. “Turrones Doña Pepa de Santo Domingo”, “Turrones Doña Pepa, El Milagroso”, “Turrones Doña Pepa Las Hermanitas”, además del antes mencionado. ¿Todos son de doña pepa? Pregunto, “Amigo es que ella es la creadora”, responde con la solemnidad que solo una entendida en la ciencia del turrón puede ofrecer. Continúa, “nosotros somos los originales, usamos fruta y miel de calidad, somos el más suaveciiito”, parece cantarme su jingle. “Eso no es de San José”, increpo. Silencio. “No me malogre la publicidad joven”, (risas). ¿Cuánto el kilo? A doce soles mi amor, el medio a ocho y el cuarto te lo dejo a dos. Aunque sea llévame un cuarto y luego a la cama”. Me quedé frío, ¿La del turrón bravo se me insinuaba? Sonríe, se carcajea, se burla. “Una broma joven, pero gasta dos manguitos. Te has comido como cinco bocados” (carcajadas). Casi hipnotizado por su juego de palabras accedí a comprarle un pedazo del postre de Octubre. Quién puede con el encanto de las vendedoras antipáticas y groseras pero querendonas y sobonas de Lima. Hasta pronto papacito y que el Señor este contigo.

Todo Lima en el mes morado se contagia de un fervor religioso. Todos, al igual que en agosto cuando le toca el turno a la bella Santa Rosa. Hoy esta Iglesia bajopontina yace polvorienta, lejana y olvidada. A solo media cuadra de la ahora poblada Nazarenas.

Luego del heroico escape en la iglesia vecina quise ingresar por un momento a sus pasadizos alejándome del bullicio de media cuadra más arriba. El resultado de esta visita: tristeza total, aquella Santa tan visitada en Agosto y olvidada el resto del año, como nos cuenta el amigo portero, es en estos momentos fiel reflejo de la melancolía al igual que su pozo milagroso, vacío. Los ambulantes van a contar sus monedas y la mercancía con la imagen del negrito crucificado, si un parroquiano ingresa a visitar a la bella Santa los buitres de la informalidad van a su acecho de inmediato, ¡Sobres para el pozo de los milagros!, ¡La verdadera historia de la patrona de Lima!, mientras esconden presurosos la mercancía morena. Todo es negocio.

La peregrinación es una historia a parte, estos mercantilistas de la fe se mezclan entre los fieles y te refriegan en la cara el calendario 2004 del Cristo Pachacamilla, rompiendo la concentración y las promesas de sacrificio y el pedido del milagro correspondiente.

Como escribí en los primeros párrafos de esta crónica, mi fiel compañera en estas vicisitudes religiosas de la vida fue mi madre, mi mamá Vicky, quien todos los años era capaz de despertar a su hijo único a las seis de la mañana, y yo, renegando me ponía de pie, pero al darme cuenta que este día de procesión resulta una fecha especial para mi, saltaba de la cama, me vestía con lo más parecido a morado que tenía y salíamos disparados de nuestra casa.

Allí en la avenida Tacna, miles de personas se daban cita (como en esta mañana), la emoción de los devotos es contagiante. Señoras de hábito con sus mantillas y sahumerios en las manos. Llorando, caminando de rodillas, hombres a punto del flagelo y niños en los hombros de sus padres sin comprender lo que sucede.

Adelante la imagen se desplaza lentamente, paso a paso con un movimiento galante, mientras la población en los edificios lanzan globos morados, blancos y papel picado, el momento se llena de un olor a octubre, las cadenetas parecen resistentes al viento, el Puente Santa Rosa cerrado para el paso de los peatones, las palomas blancas pasean por el cielo gris como intuyendo el síndrome de paz que invade el lugar, los fieles parecen estar de luto eterno, forrados de un color sicodélico que nosotros los limeños nos hemos encargado de transformar en tradición.

Uno que Reza, otros que lloran, muchos dirigen su mirada al cielo e inicia sus peticiones acompañadas de promesas, en muchos casos imposibles para los mortales pero no para lo que llamamos Todo Poderoso.

“Señor protege a mi familia, y los que quiero. Cuídame. No me separes de los que amo. Señor libérame de todos los males”. Un hombre paralítico llora, una anciana parece desmayarse en la aglomeración del cine Tacna, Defensa Civil aparece presuroso en su rescate, mientras el equipo de Alianza Lima dejó la vestimenta blanquiazul para forrarse de blanquimorado en signo de sus creencias.

Los vendedores siguen llenándose los bolsillos de fe ajena, sin importar dejar una muladar el lugar donde se colocan a hacer su negocio, picarones, bocadillos de Piura, piedras pómez, chicharrones, y los rateros se disfrazan de creyente por un momento. Medio Perú siguiendo aquella imagen milagrosa, dejando esperanzas por donde pasa y presto para la jarana de la noche que acabará en bronca y con promesas de cambio olvidadas y renovadas para el próximo año, total los pecados serán eternos, así como el negro más querido del Perú, con su octubre criollo, el hábito de gabardina o polyester morado y su turrón de doña pepa, sea la marca que sea, de igual forma siempre tendrá sabor a Octubre.

jueves, 18 de septiembre de 2008


Los niños del pabellón. Infierno en la piel

Esta semana en el diario La República publiqué una crónica sobre niños quemados que inció así: "Es difícil escribir cuando se siente el dolor ajeno. Más complicado cuando se trata de niños que sufren. La dureza del periodista, esta vez, logra flaquear. Por eso, ingresar al Pabellón de quemados del Instituto Nacional de Salud del Niño puede resultar un reto para el corazón". La siguiente es una historia inédita escrita en 2005 para el diario Expreso. Los editores en aquella ocasión dijeron se trataba de una crónica muy fuerte. Bueno, se lo dejo al criterio de ustedes. Espero les sirva de lección.

Escribe: David Gavidia
Foto: José Vidal (*)

Símbolos del olvido. Lucero conoció el infierno. Lucero sigue en él. Por las noches llora, las brasas arden en su piel. Se despierta, grita y su llanto es aullido en la noche tétrica del Hospital del niño. El dolor invade el pabellón de quemados. Ella tiene, apenas, un año 8 meses y, el 25 % de su cuerpo corroído por el fuego.
A pocos días de la tragedia, hace un año, su madre, la internó en el hospital y se olvidó de su existencia, hoy, no se sabe su paradero. Lucero se encuentra abandonada y en su tierna ignorancia sólo juega, camina y corre en el gran patio que es su pabellón, aquél que ya la adoptó y brindó su corazón.
A su lado esta Jeffersón, también las brasas bailaron el su tersa piel, tenía un mes cuando estas hicieron carnaval en su carne, su hogar quedó destruido en Ayacucho, un incendio los dejó desamparados. En su desesperación, la familia lo trajo a la capital, éste tan solo tenía un mes de nacido, no encontraron mejor solución, olvidarse de él. Ahora, Jefferson se ha convertido, junto a Lucero, en los niños símbolos del pabellón. Ambos comparten (triste coincidencia) la misma historia.
La casa mayor. El Pabellón número I del Hospital del niño es un viejo edificio. En el piso 3 se encuentran 29 niños internados, todos con quemaduras de primer, segundo y tercer grado. El caso más crítico es el de un niño de 8 años con el 53 % de cuerpo destrozado. Así, todos transcurren, desde los cero, hasta los 18 años. Todos envueltos en la misma tragedia, todos pobres y sin recursos.
El pabellón ostenta 35 camas, insuficientes en el mes de diciembre, cuando las fiestas de fin de año se convierten en drama y la ignorancia se hace presa de sus carnes: agua hervida, fuego, corriente y pólvora son los principales motivos.
“Existen dos causas por la que se producen estos accidentes. La primera es la miseria y la segunda la ignorancia”, cuenta el doctor Augusto Bazán, quien hace 42 años fundó el pabellón de quemados del Hospital del niño y hace 19 es consultor Ad honorem del nosocomio infantil.
“En 200 pacientes encontramos que la mala vivienda y la miseria fueron las principales causas de sus accidentes. Estos hogares, donde viven en promedio 5.5% de personas no cuentan con las principales necesidades y ningún tipo de servicio. Los llamamos monoviviendas”, afirmaba y con tono más enfático recordó que la ignorancia también juega un papel (antagónico) en esta problemática. “Los padres dejan los depósitos con agua al alcance de los niños y estos los jalan, por lo que caen en su rostro. Aquí encontramos que los más afectados son los menores de 3 años”.

El precio del No Saber. Y sí pues, tuvo la culpa. El doctor Bazán, acompañado de un grupo de enfermeras nos cuenta que una madre desprovista y su desconocimiento causaron la desgracia. “Un recién nacido, tenía 16 días, lloraba y lloraba, la madre no sabía que hacer. Era primeriza... tanta fue su desesperación que pensó, ´ tendrá frío ´ y lo planchó. Le metió plancha caliente al pecho del bebe, pensó que hacía lo correcto, que el frío cesaría. Triste fue su sorpresa, cuando esta le quitó el polo, la piel quedó impregnada en él, se le notaban las costillas, lo trajeron de emergencia al hospital. El niño, solo había tenido hambre”.

De la inclusión social. Una cuna. Una almohada. Un letrero. “Prohibido desatarla”. Un niño, de aproximadamente 3 años se encuentra atado a la cuna. Sus extremidades parecen jaladas por 4 cuatro caballos. “Tiene que mantenerse amarrado, no se puede rascar. Si lo hace pueden quedar cicatrices en su piel o contraer infecciones como la pseudomona”, cuenta una de las enfermeras que cuidan a los niños menores en una de las habitaciones. Todos comen, aquel jueves el menú fue menestras, jugos y gelatina.
“Es difícil mantener a un niño quemado. Tenemos muchas carencias. El estado ayuda a estos niños durante los 10 primeros días. En el undécimo ya no tienen apoyo y los familiares tiene que cubrir los gastos, como son pobres no pueden continuar”, cuenta el doctor Bazán.
Quien oía esto es una desesperada madre, ella tiene cuatro meses en Lima, proviene de Junin y su hijo, de 2 años, sufrió quemaduras en la totalidad de su rostro, es un caso tétrico. La doña, ya lleva cientos de soles gastados, entre curaciones, terapias, cremas, hospedaje y alimento. “Me duele ver a mi hijo así”, dice, solloza y recuerda... “un plástico ardiendo cayó en su rostro”.
De la reinserción. Ese es un tema que importa. ¿Cómo lograrlo?.“En el Perú, anualmente requieren rehabilitación más de 20 mil niños. Ellos necesitan de cirujanos, psicólogos, asistentes sociales y terapistas para su recuperación que dura entre 2 y 5 años luego del accidente”, comentaron representantes de la Asociación de Ayuda al Niño Quemado, ANIQUEM.
De igual forma comentó Julia Huayta, directora del Programa De Ayuda a la Vida Para Víctimas con Secuelas de Quemaduras (PAV_VISEQ). “Tiene que tener tratamiento psicológico. Ellos tienen que entender que lo suyo no es un defecto y pueden afrontar la vida sin problemas, tener éxito y evitar la marginación, siempre hay que luchar contra eso. En alguna ocasión el director de un colegio en Los Olivos le negó la matrícula a un niño quemado, no lo quiso recibir por este problema. Luchamos hasta que lo hicimos”, aseguró.
Y así se hace rutina. La marginación, las carencias y la ignorancia. Miles son las prevenciones, conocidas hasta el hartazgo. Qué no dejar líquidos calientes cerca de los niños, qué no encender fósforos cerca de materiales inflamables, qué sino hay luz, qué si no hay agua, tener mayor cuidado. Desechar el Kolinos como crema ante quemaduras (tremenda barrabasada), en caso de estas, sumergirlo en agua fría por unos minutos. Y así pues, se hace rutina, más niños siguen sufriendo, sin tener la culpa, mas fuego los sigue consumiendo y ahora Lucero y Jefferson están olvidados, un albergue será su próximo hogar, no hay ayuda, no hay dinero... los accidentes suceden, es cierto que vale prevenir, pero en estos pagos estamos acostumbrados a lamentar.
*(Extraída de la edición online del diario La República).

sábado, 30 de agosto de 2008

Si te contara

Cuando el amigo Junior se fue sabía lo que perdía. No hay refugios más complacientes que las conversaciones con los mejores patas. Sabes que oirán, callarán, luego opinarán y de seguro, al final de la charla dirán: !Habla,
unas chelas!, qué felicidad. Esa es amistad. Imagínense, si el Dingo lo sabe...
Bueno, eso ya no existe, así que uno comprende que las conversaciones que salen de la vilis o el corazon quedarán estancadas en el charco del olvido, por un buen tiempo al menos. Por eso solo queda callar. Y el silencio es como el cáncer: te come por dentro, te oscurece el alma, te vuelve un ser vulnerable a la compañía. Entonces uno se da cuenta que hay pocos refugios donde cobijarse. Es cierto, uno puede contar cosas a los amigos, pero no siempre con la verdad absoluta. Es mejor tapar ciertas cosas, como el sol con un dedo, que -en lo metafórico- sí es posible.
Ocultar ¿porqué?, Y es que no hay una voz cómplice que te diga: "eso esta bien", sin juzgarte, o "la cagaste", sin ser criticón. Es cierto, muchos dirán que tengo una bonita compañía siempre y la pregunta caerá ¿Por qué no ella? Fácil, la voz del carnal se extraña. No es lo mismo contarle "algo" a un hombre que a una mujer, por lo menos yo entiendo así las cosas. Hay conversaciones por cada género. No es machismo, ni feminismo, es
cuestión de complicidad. Como decirle a una mujer, por ejemplo, que te jode que Z se enamore de Y, que Y se vaya bien lejos y vuelva con N. Qué N es una variable universal, que más que un número significa cantidad, que resulta siempre mucho, como los cariños que se extinguen con cada botella de licor. La culpa entonces, sin querer, es de A y B. La pregunta es, dónde aparece D. Todo un enredo. Cómo contar entonces que un día te fuiste de parranda y llegaste a una barra de a Sol en la Colmena con las mismas ganas de morir que tu amigo, hermano y compañero de trabajo. Las ganas de recibir un balazo en la nuca y ser enterrado un día despés. Las mismas ganas de morir que a veces se apagan cuando vez, a las seis de la mañana, un cuasi cielo azul tornasolado. Raro, en una Lima gris. Es eso o el exceso de marihuana. No lo sé... Ahora te comprendo Vallejo.
Hay veces que uno amanece con ganas de llorar y eso se oculta con las mismas licencias que tuviste las noches en que quisiste matar o que te maten. Ayer tuve esas ganas, de naufragar solo. Y es por eso que, una vez culminada mi cita con una amiga de la vida, decidí dejarla sola, en un bar del Centro de Lima en compañía de su (otrora, o actual) enamorado para caminar. Reconocer las locetas mojadas del Jirón de la Unión y el olor a basura fermentada que nace de la esquina del Mc Donalds, o los freaks en busca de marimba o coca bien pateada. No sé. Solo reconocer, es siempre bueno la soledad. Qué rico es caminar pensando en la gente que se va.
- "Oye Junior, te fuiste y te jalas gente en estampida". Esa no te la conté, entre ellos la china Mariela y amigos de los que nunca te hablé pero que de haberte quedado seguro te hubieras enterado. ¿Qué hacen todos por allá?. Haciendo patria seguro. Hay veces amigo, que uno se siente como un paria. ¿Cómo jode verdad?. Se Abren más silencios. Uno por aquí otro por allá y te vas convirtiendo en un mudo. Espero no terminar como uno de los personajes de Ribeyro. No me cae el papel de perdedor, eso es lo que creo. Silencios, dudas, preguntas ¿Qué hubiera pasado si te hubiera contado? "Ta mare, eso no lo sé". Hace unas semanas odié a todos. Y fue por que te enseñé las fotos del bautizo, y descubrí besos, amores que se fueron tiñendo de negro para quedar enfundados en lutos eternos. Sí, pongamosle humor. Mi odio hacia la gente fue porque andube con el negro encima, jaja. Y te lo aseguro, cómo dolió. Pero es extraño, a uno se le mueve el piso y comienza a detestar a la gente. Incluso discutí con mi mamá. Imaginate el grado de consternación en el que andaba.
Quería, una vez más, salir a la calle y buscar matar a alguién, era la excusa, quería que me chanquen, para, como el fénix (es el único animal que me vino a la mente) renacer del polvo (cómo me gusta esa palabra). No me golpearon, tampoco chanqué a nadie, pero sí tengo por seguro que destrozé unos corazones. No todo es decepción por amor, sino todo pasó por mi actitud molestosa. Sí, fantasmas que salen de ninguna parte. Ahora parece que vuelven, lo sé, solo por unos días pues ando de vaciones y el viaje a Cajamarca y la soledad me harán recapacitar.
Ayer almorcé con una nueva amiga de ojos grandes y cabello rizado y le prometí (como mil veces he hecho
delante de tanta gente) cambiar desde el lunes. Y como parte del cambio de piel esta en volver a las letras, actualizar el blog e intentar sacar los demonios. El papel sí que lo aguantará.
Junior, esto ya parece ir tomando tono de carta, te cuento, he tomado la decisión de partir. De irme. Pronto espero darte noticias. No creo ir a visitarte, mis rutas son latinoamericanas. Espero eso sí, pronto verte, en pocos meses han pasado mil cosas: conocí Huacho... oye cabrón, cuentame tu viaje a Roma. ¿Es tan bonito Venecia?, eso ya suena a canción.Prometo volver a escribir. También tener una actitud más positiva. Por lo
menos ya no odio tanto a la gente. El roce con otros cuerpos ya no me exaspera tanto. Mejoré mi actitud con mi mamá y ando tan confundido como cuando me quitaron el tapete y caí de cabeza sobre el suelo. Ya pasará. Solo pido unos días.
Mientras seguiré escribiendo. Eso de hacerlo con la cabeza gacha sí que da resultados. No hacía bien ni una nota de prensa por miedo al papel en blanco. Ya no más, prometo cambiar. Eso sí, solo desde el lunes.
Pd: La compu ésta esta jodida, disculpa las fallas y los errores ortográficos que si son mios de mi, pero la premura hizo que el texto salga así. Esta publicado tal cual, sin corregir. No lo tomo como una falta de respeto, sino como un texto honesto. Espero no te joda.
alonso david.

jueves, 19 de junio de 2008

Constante decepción



Quiero dar mi protesta luego de la derrota contra Uruguay. No pido la cabeza de nadie, solo comprendan la posición de un hincha que mata por su equipo y espera que los jugadores, hagan lo mismo por el Per(ú).

Escribe: David Gavidia.

El sábado último rompí una promesa. Después de doce años siguiendo a la selección, cada vez que jugaba en Lima, no asistí al estadio. Hice cosas imposibles por ir siempre a los partidos de mi adorada Blanca y roja. (¡Carajo, qué defraudado estoy!): Me escapé del colegio en el año 97, le robé 50 soles a mi mamá para comprar una reventa contra Brasil en 2001, e incluso empeñé mi DNI para adquirir un boleto y asistir a un partido contra Chile en la misma eliminatoria. Siempre a Norte, en mi querida popular. Pero el último fin de semana, contra Colombia, nada. Recordé entonces que tenía plata pero no ganas. Era un efecto rebote. La decepción del buen hincha. La tristeza del que se siente defraudado.
Ya lo dijera Nietzsche: “Es que nada hay tan difícil como cerrar por amor la mano abierta y avergonzarse de su generosidad”.
Nunca le fallé. Se los juró. Partido amistoso en Lima, ¡Presente!, partido de preparación en el Monumental, ¡Presente!, en el Nacional ¡Presente!… para qué más.
La última vez que pisé el estadio para ver a la blanca y roja fue contra Brasil. Ese gol de Vargas lo grité tanto como uno de la U. Pero finalmente un triste empate. Luego de aquel partido sucedió el show del Hotel Golf los incas, cayó Pizarro, Mendoza, Acasiete y Farfán con la facilidad que Masías se resiste a disculparse con los ciclista de Larcomar (“¡Nos detuvieron por Cholos!”, La República, 13 de junio de 2008).
Entonces vino la debacle. Expulsaron a esos jugadores, supuestamente los de mayor calidad (sigo dudando de Pizarro y Mendoza) y vino lo bueno (es un eufemismo): España nos metió dos, México cuatro, Colombia uno y en el colmo de la barbarie Uruguay seis. Nuestra boca se infló de gol en solo dos ocasiones. (Cómo duele perder así). Ya no lo pudo describir mejor Abelardo Sánchez León: Se trata de “La balada del gol perdido”. La clasificación quedó de la siguiente forma: últimos del continente, con solo tres puntos en el bolsillo y menos doce goles “a favor”. Qué ironía. ¡Humillante!
Me pregunto: ¿Es acaso tan difícil defender una casaquilla que representa un país?. ¿Tan complicado, por último, saber que, no eres tú (Mariño, solo por decir uno) sino esa casaquilla representa a tu mamá, papá, hijos, abuelo, tu …¡!!!HISTORIA…!!!.
¡!!NO TODO ES PLATA MIERDA.!!!
La pregunta me la hago como hincha que gusta de fútbol y lo aseguro, mataría por mi equipo. ¿Qué pensará Cueto de todo esto? ¿Dirá algo el “nene” Cubillas?, Maestro Challe, no me jodas, esto es un mal lúpulo…. ¡No pasa!.
Ayer los trabajadores de Construcción civil realizaron una marcha rumbo al Congreso y no sé cómo se consiguieron un póster tamaño natural del “Chemo” del Solar (Sigo siendo tu hincha José Guillermo, pero por tu bien… renuncia). Al llegar al Parlamento lo quemaron y pidieron su cabeza. Hicieron lo mismo con Burga. ¿Vive el doctor?. Sí, se fue a mermelandia.
Mientras, el hincha recibía a huevazos al ex equipo de todos. Les gritaban maricones y hasta cáscaras de plátano les mandaban. Esa es la sensación del verdadero hincha: decepción. Por eso preferí no ir al estadio el pasado sábado rompiendo con eso mi promesa de niño.
¿Es tan difícil sudarla por la tierra que los vio nacer?. ¿Es tan complicado salir a la cancha y decir: Hoy, por ti… la vida?, los aseguro que no. Personalidad, por la puta.
No hablemos de cambios. Para eso están los especialistas. No hablemos de manzanas podridas porque, ya sabemos por donde sale el gusano. ¿Dónde esta mi fútbol?, me pregunto ahora. Este domingo vuelve el apertura y dejaré que nuestro nivel doméstico nos siga engañando mientras la prensa deportiva-amarilla nos siga vendiendo papas por camotes. Yo seguiré alentando a mi equipo (Por siempre ¡Y dale U!) y, aunque nunca pude jugar en una profesional, seguiré dejando mi garganta en la tribuna como deseo que mis jugadores dejen los huevos en la cancha.. Quiero seguir engañado. Que somos los mejores. Entonces iré al estadio o prenderé el televisor en CMD, y cuando mi equipo gane, compraré todos los periódicos deportivos y los coleccionaré, y cuando pierda, olvidaré que hay una selección que lleva una franja roja sobre el pecho y que me hace llorar. Solo allí, le robaré la frase al Búho tevé, y con pena: apagaré el televisor.

miércoles, 4 de junio de 2008

200 años entre los vivos

Lugar de reposo de presidentes, escritores, héroes y religiosos, Cementerio Museo Presbítero Maestro cumple un especial aniversario con problemas y esperanzas. Crece el turismo nocturno en su interior.


Una crónica de: David Gavidia.

¿Cómo andar entre las tumbas y de noche sin temor alguno? Cuando los nichos se hacen más profundos y los mausoleos más grandes. Cuando la oscuridad llena cada espacio y la luz solo aparece a lo lejos, como luciérnagas en el bosque. No hay ruidos y la muerte es compañía. ¿Cómo caminar entre las tumbas con tanta vida muerta?
La pregunta se la trasladamos a José Izaguirre, panteonero del Museo Cementerio Presbítero Matías Maestro. Está habituado a absolver ese tipo de dudas. Hace ocho años que trabaja allí y su experiencia le hizo llegar a una conclusión: para ver difuntos o sentirlos, hay que tener un don especial. "No cualquiera puede". Es de noche. Casi las siete. Los rincones del panteón están vacíos y le queda toda la madrugada por delante. ¿Cómo evitar el miedo?
"Simplemente no lo hay", dice.
Entonces, no puede evitarlo y relata esas historias que fascinan, y ya por esas horas tocan los nervios. Primero, que durante las noches, compañeros suyos oyen ruidos de adentro de los nichos. También, que han visto aparecidos e incluso, los difuntos, han pedido una oración de salvación. "Sucedió alguna vez en la segunda puerta del cementerio. El guardián de turno oyó ruidos. Entonces, se le apareció alguien y le dijo: "Quiero que me salven… recen por mí". Luego desapareció, desde ese día, se hace una oración por el alma". Todo lo cuenta en un ambiente tétrico, donde las siluetas de estatuas se levantan sobre las tumbas y parecen recorrer un eterno peregrinaje.
Son las 7.30 pm.

UN POCO DE HISTORIA
El Cementerio Presbítero Maestro fue abierto el 31 de mayo de 1808. Hace doscientos años. Rompió con la costumbre de enterrar los cuerpos en hospitales, conventos y parroquias para que al fin descansen en un espacio público. El mismo que ahora pisamos, antorchas en mano.
Ha llegado público y el recorrido solitario que iniciamos con José Bocanegra, historiador y guía del museo cementerio ha culminado. Ahora toca conocerlo en grupo. Han llegado 500 personas. Inician "Noches de Luna Llena", recorrido por el Presbítero Maestro que se realiza los últimos jueves de cada mes. Siempre de noche. En él, también participan, Luis Repetto y Gubén Chaparro.
Allí se explica que la construcción del camposanto se inició un 23 de abril de 1807 bajó la dirección del sacerdote Matías Maestro. También se destaca que fue por órdenes del Virrey Abascal y se inauguró un día como hoy hace doscientos años con el traslado de los restos del Obispo Juan Domingo Gonzales de la Rivera.
En el ambiente se respira una carga espiritual fuerte. A veces alimenta, otras agobia. Quedarse solo por los recovecos estimula el corazón, las emociones son fuertes. Es producto de las más de 850 tumbas, monumentos y mausoleos. También, de los más de 220 mil nichos que hay en el lugar.

HABITANTES ILUSTRES
En el Presbítero habitan peruanos ilustres: José Balta, Manuel Pardo, Felipe Santiago Salaverry, Abraham Valdelomar, Ciro Alegría, Ricardo Palma. Los héroes caídos en la Guerra del Pacífico y hasta santos populares como el niño Ricardito. Pero, así como su belleza histórica, también –en palabras de Luis Repetto– el cementerio tiene los mismos problemas que la ciudad: falta seguridad, hacinamiento, agua, contaminación.
Allí se ven estatuas sin manos, ausencia de dedos, monumentos de bronce robados. Dicen que chamanes y delincuentes comunes ingresan por las madrugadas e intentan saquear el lugar, que tiene más de 20 hectáreas. Rituales, falta de cultura. Todo en una suma de complejidades. "Imagínate, una estatua de bronce de 150 años vienen, la roban y la venden a diez soles", dice resignado Bocanegra, rodeado de niños y adultos que escuchan su explicación. El recorrido dura dos horas. Es el momento de partir.
Entonces el panteón queda solo y los guardias también. Además de los historiadores quién mejor que ellos para conocer este bicentenario Presbítero Maestro. Ese que nació en los extramuros de Lima y hoy es centro de la historia nuestra, con sus bellas estatuas neoclásicas y estructuras funerarias europeas del siglo 19. Allí, donde la muerte no es el fin, sino, como dicen, una simple continuación.


* (Crónica publicada en el diario La República el sábado 31 de mayo)

jueves, 29 de mayo de 2008

La huaca, el barrio y los arcos


No es acaso una cancha de fútbol el ring de las amistades. Todos se disputan un balón. Presente desde niño en la Huaca Palao, aquí un pequeño recuerdo a la canchas de pampas nacidas en SMP.

Por: David Gavidia. (Habla Talen!!!!!)

A la gente brava de SMP.

Aún recuerdo la primera vez. Recién mudado y con siete años. Todavía se observaba grass en los alrededores y encima suyo, una huaca que desde entonces ya era habitada por locos y malditos: le llamaban Palao.
Sus arcos no son los de hoy. Estaban clavados en la tierra y su madera lucía apolillada. Las redes eran de pescador y estaban rotas por el medio y los costados. En la cancha, doce jugadores se disputaban un balón de cuero marrón, al lado, una doña “curaba” a un jugador con la ceja rota. De su seno brotaba un líquido transparente y este caía sobre la herida abierta. El “10” tendido sobre el suelo gemía su dolor, la miseria de un golpe en el orgullo, el drama de un gol fallado. Goles son amores, y su error, le había costado duro… sangre por los suelos.
Allí quedé impactado. Ese panorama de golpes y goles, de oles y amores. Todos vestidos de polos y pantalones cortos. Algunos usaban vinchas, otros llevaban las medias hasta las rodillas. Jugadores uniformados. Mediocampistas sin polos. Defensas asesinas. Arqueros de mangas largas y guantes para el frío. El romance con la huaca llegó de inmediato.
Para emular a esos jugadores de pampon hacía falta un uniforme. La camiseta de la U fue mi primer regalo (hoy tengo 10). Luego la pelota y la confianza de mi madre para salir a jugar. Era feliz. Me hice de amigos y al fin de un barrio. Ya había con quien pelotear. Una cancha, camiseta y amigos. Nadie puede ser más feliz. Tras un balón, siempre hay esperanzas. Y qué mejor cuando niño.
Víctor Hugo y Roberto Permufo en su libro Hablemos de Fútbol en el capitulo cuatro dedicado a El juego definen al deporte rey como “una esperanza diferente de todas las esperanzas porque se vuelve real cada vez y cada domingo”. Y no le falta razón, pues, en el caso nuestro, la ilusión se renueva al sétimo día, desde hace 17 años. En aquel tiempo, corriendo de dos a seis. Y ya de viejos, solo de cinco a seis, cuando cae la tarde y la noche oscurece la pampa. Allí donde no se ve pero se es capaz de seguir para darle vibras al espíritu. Para ganar, para no perder, para empatar si se pierde, para saber que fuiste el mejor, aunque sea, por siete días más.
En la Huaca se han dado los mejores encuentros. Todavía es memorable los campeonatos de antaño en la que barrio enteros llegan a disputar un trofeo (a veces “trafeo”), pero siempre con el orgullo de saberse ganador. Uno se hace de amigos para la vida. Uno se hace de un balón para compartir. Uno se hace de triunfos para recordarlos. Y el barrio, se hace de historias para vivirlas en cada reunión. Cerveza en mano.
La huaca Palao es entonces ese conjunto de toques que forman amistades y rivalidades. Los odios que se forman en sus canchas mueren allí. Por eso, cada domingo se forman nuevos compromisos con la finalidad de unirnos, con la excusa de saber qué nos ocurrió esta vez. Qué el trabajo, qué la flaca, qué los libros y el licor. Carajo, qué es acaso la amistad, no es por cierto una excusa para sostener una familia centrada en una esquina. La Huaca, en nuestro caso, siempre fue el patio trasero.
Ya se acaba el tiempo y hay que recordar que el texto lo escribo casí por encargo y luego de una borrachera en la que prometí escribir del Pampon. Aquella ocasión, recordé una jugada eterna: esa que nos hace cracks por un segundo. Esa que nos hace los 10 que nunca fuimos en una profesional. Osvaldo Soriano, aquel escritor argentino muerto lo describe así: “Le amagué una gambeta y toqué la pelota de zurda, cortita y suave, con el empeine de botín, como para que pasara por ese paréntesis que se le abría abajo de las rodillas. El narigón se ilusionó con el driblin y se tiró de cabeza aparatoso, seguro de haber salvado el honor… pero la pelota le pasó entre los tobillos como una gota de agua que se escurre entre los dedos”.
Es entonces que uno celebra como niño, en la cancha que sea. Es entonces que uno comenta las jugadas después del partido, qué la cagaste, qué te la comiste, qué el golazo, qué el jugadón, solo, qué la sudaste. Pues: “Así son la novelas de fútbol: risas y llantos, penas y sobre saltos. Gonzales corrió con los brazos en alto a saludar la memoria de su padre. Llevaba lágrimas en los ojos y sus compañeros lloraban con él. De esa pasta están hechos los goleadores. Fantasmas que salen de ninguna parte”. (Soriano, dixit).
Y esos fantasmas no son los que asustan, sino los que salen del ricón de las almas perdidas (¡Gracias El Veco!). El fútbol, la huaca, los arcos que tenemos que sacar cada domingo. Cómo jode, pero cómo gusta.
Los domingos se acabaron para mi. Por ende, no pisaré la huaca en buen tiempo. Dicen que para vivir un sueño hay que sacrificar otros. Yo ando en esa etapa. Por ello la pena. Por eso las ganas de patear una pelota y querer macar en ese arco. La última vez prometí meter cuatro y fallé cinco. Cosas que pasan. Mientras, seguiré escribiendo sobre esa primera vez grandiosa en la que la Huaca Palao se convirtió en centro y vórtice de nuestra cultura. La de los ajos y cebollas, los de diamantes y pedernales. La que tuvo inicio, y a la que le llegó (solo por un tiempo y para mi) su fin. Los amigos comprenderán, ya tantas ausencias juntas olvidan a la nostalgia, aunque aveces quede uno: “Triste, solitario y final”.