domingo, 30 de mayo de 2010

Por la Victoria, soy hincha de la (U)


A la señora Paz, qué me cuida desde arriba... Historia de cómo una madre puede influenciar tanto en el fanaticado hinchaje de su único hijo y cómo, hoy, esos recuerdos se convierten en una lucha entre el quedarse o el extinguirse.

David Gavidia*.

Mi madre tiene la memoria extinta. Alzheimer, le dijeron con tan solo 54 años. Nadie sabe cómo se cura eso y mientras, sus recuerdos se diluyen en las inmensas lagunas de su cerebro.

Por eso hoy que veo a mi madre recostada en su cama, durmiendo, quiero imaginar que desde algún rincón de su memoria quedan rezagos de aquellos momentos de felicidad que compartimos. Como esos obsequios que siempre me supo entregar, sencillos, claro, pero que siempre venían teñidos de crema… siempre fueron los mejores. Mi madre se llama Victoria y gracias a ella, soy hincha de la (U).

Victoria me regaló mi primera camiseta crema. Era bamba y mal estampada. Una copia de esas que vendían en la avenida Abancay. Decía Calvo y tenía la quinta vocal bordada sobre el pecho ¡Qué linda camiseta! Era la Anchor, creo que la más bonita y la más nostálgica de la cual tengo recuerdo: la estampa del bicampeón 93.

La camiseta tenía impresa en la espalda el número 7, la de Ronald Baroni, ese delantero de bincha en la cabeza y venda en la mano que junto a “Balán” Gonzales nos hizo delirar con sus goles de fábula: zapatazos o chalacas; remates de lejos o balones encontrados, rebotes, paredes, tacos, o cabezazos, como el que marcamos aquella tarde del 10 de octubre de 1993.
Aquel día fue la primera vez que pisé tribuna. Y fue un clásico en matUte. Tenía ocho años. Por aquellos tiempos solo hablaba de la (U) y mi madre soportaba mis comentarios durante toda la noche. El talento de Zubzuck, las jugadas de Nunes y Martínez, la garra del Puma y lo insultos que caían sobre Reynoso desde el bando enemigo, cuando se dio lo del jale. Siempre hablábamos cuando ella llegaba de su trabajo, cansada. Yo era su único hijo y soñaba ser como los ídolos cremas que adornaban la pared de nuestro compartido cuarto.


Le comentaba que quería ser campeón como ellos, defender la Gloriosa, como ellos. Le dije que soñando me vi haciendo un gol ante Alianza en el clásico definitorio, que me vi celebrando y llorando de alegría, que es la mejor forma de llorar. Creo que fue ese un momento crucial. Una noche, ella cansada, casi durmiendo llegó a la casa del trabajo y feliz sacó dos boletos de su bolso: eran las entradas para el partido más importante del campeonato. U- alianza, en matUte, tribuna oriente, el domingo próximo a las 3.30. El ganador de aquella tarde se iba derecho a la lucha por el título nacional.

Los días posteriores se me hicieron eternos y el sábado previo dormí con la camiseta de la (U) puesta. Amanecí temprano y coloqué las pilas en la radio que llevaría al estadio. Partimos a las 11 de la mañana y llegamos a la cola cuarenta minutos después. Recuerdo las personas que cruzaban con la crema en el pecho en barrio enemigo, sin temor a ser golpeados. “Aquí estamos los cremas de corazón”, decían y coreaban el “llora, llora cagón”, himno inmortal, allá en matUte, dónde también jugamos de local.
Era bello sentir que formaba parte, al fin, de esa marea de cabezas que solo pensaban en gritar y celebrar por la (U). “Estamos en matUte y qué chucha va a pasar”, cantaban, cantábamos desde las pistas hacia los techos de los edificios donde los “cagones” lanzaban piedras o cualquier otro tipo de proyectil. Era la primera vez que oía ese adjetivo para los hinchas de alianza Lima: “cagones” (que por siempre escucharás). Recuerdo que sonreí por el calificativo.

Mi mamá se contagió de esa emoción y ya hasta cantaba. Cuando salió el equipo y las tribunas se llenaron de papeles picados y la fiesta se instaló ella ya hasta coreaba los nombres de los jugadores. Cuánta felicidad desparramada.

El partido lo recuerdo brusco y con poco futbol. Me parecía increíble el mirar a la Trinchera y junto a ella mi mamá. Más increíble me pareció cuando Nunes recibió un pase largo de Martínez y el “viejo” golpeó la pelota tras vuelta en U. Esta chocó en el palo, pero Baroni apareció, fantasmal, y conectó de cabeza la pelota que en slow se introdujo en el arco frente a tribuna sur, pidiéndole permiso al arquero, que se estiró, que gritó, que se esforzó, pero su frustración fue nuestra alegría. ¡Golazo!

Los jugadores salieron victoriosos con los brazos en alto y la gloria acumulada en la boca. La mitad del estadio celebró, la otra era callada y triste. Después de eso tú, mamá Vicky (ya en casa), hablaste de la fanaticada, de la gente y su contagioso entusiasmo. Aquel tanto significó el acercarnos al ansiado bicampeonato y la alegría de medio Perú ¿Recuerdas? Espero que sí.
Una vez afuera del estadio cayeron las piedras desde los edificios de matUte. No soportaban vernos salir de su casa victoriosos. Se armó el pleito con la policía y llovieron las botellas que reventaban en las cabezas o en la pista. Fue entonces que no te importó que nos corrieran a balazos, mamá. Ni que tomáramos el primer bus que nos sacara del estadio ni menos oír por la radio que en las afueras de matUte un gran despliegue policial se encargaba de contener la furia de aquellas gentes, ¿recuerdas?... Tampoco te interesó arriesgar tu billetera, ni los gritos, solo querías protegerme, “cuidado con las piedras”, me gritabas… y yo, en medio de la brutalidad, con mi cabeza gacha entre tus brazos, solo atinaba a decir: “¡ganamos mamá!”… y por dentro pensar: “gracias por hacerme feliz”.


Esa anécdota la repetías siempre. No había fiesta ni reunión familiar que no contaras la misma historia. Era un orgullo salir victoriosos de esa forma. Éramos cómplices de alegría. Luego vinieron tus preocupaciones, pues me escapaba solo a la cancha y te sacaba dinero para las entradas, nos peleamos y reconciliamos mil veces. Luego vino lo de tu memoria que se enfrasca en turbios momentos de tristeza. Luego vino que dejaste de hablar y la pena que nos haces sentir tus profundos e inexplicables silencios. Hace poco me viste con una camiseta de la (U)- con mi nombre estampado- y te dije una mentira: “fue la que me regalaste”. Sonreíste un poco, quise pensar que recordaste aquella vez, en la que me diste esa alegría y convertiste a este tú único hijo, en el fanatizado hincha que es ahora. Sé que no me creíste, mamá, pero aquella sonrisa reprimida me hizo sentir que me entendiste, que recordaste y que fuimos cómplices, como aquella vez…
Lima, 13 de abril de 2010.

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* El texto es una colaboración para la revista CREMAS, editado por integrantes de la Trinchera Norte, la barra popular de Universitario de Deportes y cuyo objetivo es demostrar que en la barra no todos son delincuentes, como los medios y la PNP intentan hacer creer. El testimonio fue publicado en la tercera edición de la revista, que vio la luz durante mayo, mes de la madre. Por ello el tributo y la publicación en este blog. Para aquellos que no encuentran la revista en kioskos o para los que no asisten a la Popular, domingo a domingo.

martes, 25 de mayo de 2010

Un camarada para Villa el Salvador


A propósito de la salida de Lori Berenson, aquí les dejo una entrevista que realicé al esposo de la norteamericana en la que anuncia su candidatura al distrito que dio cuna a María Elena Moyano.

Escribe : David Gavidia.

(La imagen es de internet)

Aníbal Apari Sánchez podría pasar desapercibido en la escena política sino fuera por dos motivos: se casó en 2003 con Lori Berenson, la ciudadana norteamericana condenada por terrorismo; y por su pasado como militante del MRTA, por lo que purgó condena en los penales más rigurosos del país, durante doce años y medio. El otrora camarada se perfila ahora como candidato a la alcaldía de Villa el Salvador y afirma sentirse “tranquilo con su conciencia”, en suma: dice que ya pagó y no reniega de su pasado. Por el contrario, hoy piensa igual que antes, ¿la diferencia?: “no volvería a la lucha armada pues no es una forma de hacer política que convoque a la población”.


El partido de Aníbal se llama Gana Villa y ya reunió las dos mil firmas para presentar su lista ante el Jurado Nacional de Elecciones. Ahora habla sobre la “democracia” ¿Menciona esa palabra, acaso, con resignación por la derrota del terror en los noventa? “No, pues nos movemos bajo ese marco. No hay resignación, simplemente somos una organización abierta a los cambios. Este mundo ya no es el mismo de los setentas u ochentas”, dice quien fuera capturado un primero de junio de 1991 en una escuela de adoctrinamiento del MRTA junto a Alberto Gálvez Olaechea y Rosa Luz Padilla, dos pesos pesados del Movimiento Revolucionario Túpac Amaru.


Pasó trece años tras las rejas en una edad crucial: entre los 27 y los 40. Cualquiera pensaría que se trata de una vida desperdiciada entre Castro Castro o Yanamayo (Puno), y que fácil reniega de su pasado ¿Es ese su caso? “Si lo hiciera no podría mirarme en el espejo. Sería un desperdicio de vida hacerlo. Yo fui coherente con lo que pensaba en ese momento y por eso actué de esa forma”, dice y agrega: “Yo asumí mi militancia en el MRTA conscientemente. Nadie me convenció ni nada de eso. Estar con ellos implicaba asumir las consecuencias, tantos los activos y los pasivos”, cuenta sin remordimiento: “Yo no me fui a la cárcel por ladrón o violador. Sino por ser coherente con mis ideas”, explica el abogado de 47 años.


Y las ideas de Apari en aquellos tiempos eran las mismas que ahora, aunque suene irónico. “Yo sigo pensando igual, sigo pensando que la justicia no existe en este país y que es necesario cambiarlo”. ¿Cómo? “trabajando con energía”, dice, aunque no menciona más que los principales ejes ante un eventual gobierno suyo: “gestión eficiente de recursos públicos, servicios y buena infraestructura.


EL AYER NO LE PESA
Su pasado –afirma- no es una carga pesada con la que deba lidiar y sabe que sus adversarios políticos podrían señalarlo. “Qué lo hagan. Cuando pertenecí al MRTA yo era un hombre solo. Era un muchacho de 22 años que estaba en la universidad y si algo me pasaba lloraría mi viejo probablemente. Ahora hay un gran cambio”, subraya, seguramente pensando en su hijo Salvador, quien tiene menos de un año y está junto a su madre, Lori Berenson, en el penal de máxima seguridad de Chorrillos.


Sobre su relación con Berenson no quiere profundizar ni hablar. Algunos medios especulan sobre una posible separación ¿es eso o una forma de alejarse de dicha imagen que pueda dañar su candidatura? Silencio. “No hablo sobre mi hijo, ni temas personales”. Sin embargo, el fin de semana pasado la visitó en el penal. Apari también es su abogado y cuando se le pregunta sobre la pronta salida de la norteamericana, el mutis es absoluto.


La anécdota cuenta que Apari conoció a la Berenson en el penal de Puno en 1997. Fue amor a primera vista entre los tormentos de la prisión a 2. 800 metros del mar. En 2003, él libre y ella trasladada en el penal de Huacariz de Cajamarca contrajeron nupcias. Por estar con libertad condicional, Apari, no viajó desde la capital y no asistió a su propia boda. Su padre, Teófilo, fue en su representación. De inmediato la noticia saltó a la prensa y Aníbal gozó de cierta popularidad. En alguna ocasión –cuenta- un policía lo reconoció y lo felicitó. Le gritó: “¡Buena…buena!” levantándole el pulgar; otra señora lo abrazó. Es ese el cariño que dice sentir ahora que sueña con la alcaldía del distrito en donde vive. La cárcel, las muertes y el secuestro es un pasado oscuro para cualquiera pero él lo acepta “sin complejos”.


“El vivir esa experiencia para mi es una fortaleza porque la puedo narrar. No tengo temor en contarla, puedo decirles a mis adversarios políticos por qué me fui preso y mucho más. Así, ninguno de ellos puede juzgarme”, dice con la expectativa puesta en las urnas, en el voto y en la democracia de la que ayer renegaba.

lunes, 22 de febrero de 2010

Jodido hospital


Al que le caiga el guante, que se lo chante. Aunque generalizo a lo largo del texto, sé que también hay médicos esforzados y humanos, excelentes profesionales en los hospitales públicos. Pero como abunden de los otros, les dejo éste escrito... para aquellos que se sienten aludidos.

Escribe: David Gavidia.
Foto: tomada de http://www.ciudadaniainformada.com/

Mi papá está internado en un hospital y mi mamá frecuenta uno. Yo de niño estuve internado también. Mi panza me tumbó por varios meses debido a la falta de una vitamina que ya no recuerdo. Un dolor brutal me arrastró hacia el viejo catre de un tópico infantil (cama 202). Solo tengo en la mente, un plástico transparente que colocaron en mi brazo izquierdo, una inyección y un sueño profundo. Tan profundo como el dolor de mi madre al verme sufrir allí.


Desde entonces nace ese odio mío a los hospitales. Pues son, la residencia de los jodidos. Los lúgubres edificios que separan a los vivos de los muertos, el purgatorio terrenal que no diferencia entre buenos y malos, sino que es la pasarela de enfermos que dudan entre quedarse aquí o irse al más allá. La galería de imágenes de un final conocido: El doctor expide el guión. San Pedro hace el casting. Dios, es el director de cámaras y escoge el momento preciso. Hacen un Drama-forniqueichon. Un suspenso de vida… una pornografía del trato humano. Todos juntos crean un gran dolor.


Detesto esos viejos hospitales, en especial el Cayetano Heredia. Allí murió mi tío y un amigo mío, mi mamá se trataba allí y por unos días también me internaron. En fin, a todos… o por viejos o por mundanos, pero deberían cerrarlos. Por qué no se construyen nuevos y modernos, al menos otros que no huelan a muerto o que tengan aroma a Lavanda, que es la fragancia del telo recién trapeado.


Así como detesto los hospitales, odio las colas para las citas, las boticas y en especial a los doctores a los que se les escapan los caracoles. Médicos jodidos que no la chutan, que se les cruzan los chicotes, que tienen el mandil crema de tanto uso y la camisa de puños desilachados. Son otros jodidos también. O te agravan el mal o te llevan a la morgue. Algunos, así como tienen contrato o convenio con ciertos laboratorios deben tener lo mismo con las agencias funerarias. Dudo sean muchos los que curan, creo que son más los que te entierran.

Los doctores no te curan, te joden. O te cortan la pierna. Los doctores no te mejoran la calidad de vida, te la empeoran. Y pobres, qué sabrán ellos de calidad de vida si muchos tienen sueldos que dan pena, como los enfermos que dan pena, como las camillas que dan pena, como las cucarachas que caminan entre las sábanas y dan pena, como la comida que da pena, como el edificio que da pena, como todo ese ambiente que enferma y te apena. Como tu papá o como tu mamá que se muere y da pena… como todas esas escenas de dolor que joden y repito, dan pena.

Mi papá está internado en un hospital de EsSalud y está que se muere. Él pagó su vida entera un pinche seguro social pues tiene un cartón de docente, otro de sociólogo y otro de filósofo. ¡Lo merece pues!. Pero el trato que le dan es tan miserable que se anda muriendo de un cáncer y la cita se la dieron para tres meses después. “Al Estado le cuesta 500 soles día el mantener a un enfermo internado en un hospital”, me dice resignado, como si todo lo contribuido por más de 50 años no le fuera a alcanzar para una quimio… “Que se vayan a la puta que los parió”, le digo… Estado cabrón y su poca eficacia en el sistema de salud. “¡Alan presidente, pues… tu hijo se atiende en clínica privada!”.

Cuando recorro los pasillos del Cayetano Heredia, hospital al que frecuento casi todas las semanas no puedo dejar de sorprenderme con lo jodido que está. No es que me sorprenda tanto en realidad…sino que es la primera vez que lo vivo. Durante mis tiempos en La República escribí muchos artículos, de diversos hospitales, en los que denunciaba lo mal de la infraestructura y lo pésimo del trato al asegurado o al simple usuario que debe amanecer con el canto del gallo o con la primera combi para tener una cita de 10 minutos y obtener una pastilla que calme el dolor pero que no detenga del todo la enfermedad.

En sus pasillos se reúnen paralíticos y cuadripléjicos, anémicos y dementes, niños con problemas de conducta, señores con cataratas en los ojos, gentes con depresiones severas, acuchillados, personas con gastroenteritis, infecciones agudas, accidentados, moribundos, niños con enfermedades respiratorias, casi tísicos, gentes con TBC, VIH, chicas con el apéndice reventado, que se enroscan del dolor, cardiopatías, paros fulminantes, accidentados, gritos, llantos, desesperación, esperanza, un doctor que blasfema y tapa un cuerpo inerte, aun tibio pero tocado por la muerte, una doña que llora y se agarra a cabezazos contra la pared por la pérdida del único hijo, un adulto robusto que va por su examen de la próstata y suda frío, tan frío como el día en que dudo de su virilidad en el momento que jamás se le paró…

Un hospital es la cueva de las esperanzas, lugares oscuros que albergan un poco de nuestra fe…mucha de nuestras tristezas…la gente se muere, otros se curan, muchos desisten en volver para dejarse morir, como mi viejo. Por eso ya no hay dolor.

Qué culpa tiene uno de ser pobre. El ser miserable de bolsillo y no poder acceder a un adecuado servicio de salud. No lo digo por mi, por suerte, pues la persona que más quiero ahora anda por clínicas pitucas que te dan un trato humano: te llaman por tu nombre, su edificio huele a hierba natural, a incienso chino, se preocupan por tus avances y tus dietas, están alejados de la ciudad y en un bello espacio natural. Hasta por teléfono te siguen el tratamiento en el hogar. ¿En cambio los cagados, los jodidos del hospital? ¿Quién los cura, quién los atiende?... doctores que sobreviven curando sin saber que se mueren de sus propios males sociales: no tienen ni para el menú… se andan en combis o protestando una AETA mejor… a veces admiro a la Federación médica, otras, como habitualmente sucede, la detesto.

Ahora quién vela por mi amiga N que viaja desde Puente Piedra con su hija M, de dos años, para intentar obtener una cita con el pediatra. Ser pobre y con hija pobre es su millonaria desdicha. “¿Quién la cura, quién la atiende?, le pregunto en la cola y detrás de unas 30 personas que ruegan por una cita. “No lo sé”, me dice….

-“Estás jodida”, pienso. Un silencio toma el lugar y solo es roto por un inclemente aullido de sufrimiento. Alguien más dejó este purgatorio del dolor… para siempre.

viernes, 12 de febrero de 2010

Carnaval en mi corazón ayacuchano


Texto: David Gavidia.
Foto: Miguel G. Podestá, del site todoayacucho.pe

“¿A qué hora acaba esto?” La pregunta fue a una doña de zapatos pequeños y polleras inmensas que baila por la noche en la avenida 9 de diciembre, a 30 metros de la plaza de armas de Ayacucho. “Esto nunca acaba… no tiene hora”, responde. Su baile parece el movimiento de un cuerpo descompensado. Sus pies ordenan a la izquierda, pero sus faldas la llevaban a la derecha. Se trata de un movimiento curioso cuyo desbalance a todos les parece un gracioso compás, similar al oscilante péndulo de un viejo reloj. “Tic, tac; tic, tac”.

¿Por qué bailan?, pienso. Es tiempo de carnaval en la tierra de la libertad latinoamericana y la gente llena las calles mojadas por la lluvia de febrero. “¿Por qué bailan?”, no hay respuestas. Felicidad, tristeza, ¿Costumbre? Claro, el carnaval es el motivo, pero ¿Acaso el suficiente para salir con talco y pica pica mostrando los dientes apolillados por la coca chacchada, empinando el codo, bebiendo alcohol de 96° y, zapatear al ritmo de guitarras, tarolas, trompetas y bombos? No lo sé.

“¿Por qué bailan?”. Ahora la pregunta se la hacemos a un amigo viajero y romántico ayacuchano, Miguel Gutiérrez Podestá. “No sé”, responde. Hay cientos de personas reunidas en la plaza de armas, que ha sido acondicionada con graderías frente a la Catedral y junto a la Municipalidad de Ayacucho, por donde las comparsas desfilarán su canto y su danza. “¿Por qué bailan?” La respuesta, para alguien que viene desde lejos puede ser sencilla: En Ayacucho danzan, porque allí, como acá, adoran la escultura del movimiento, que también es la belleza del alma.

Fui feliz allí donde hubo dolor y hablar de Huamanga era abrir heridas que aun no cierran. ¿Museos de la memoria rechazados?, gobiernos corruptos de alianzas nefastas que aun intentan hacernos caer en la amnesia de la ignorancia. Ayacucho es la ciudad del chuzo que divide un pasado de terror y un presente de esperanza. ¿Patrias divididas?, ya no. ¿Nostalgias olvidadas?, jamás. ¿Reconciliación?, esperemos que sí.

El cielo ayacuchano se ilumina con un rayo. ¡Truenos!, fui feliz allí donde el gobierno intenta seamos ingratos de recuerdo. ¿Cargo de conciencia?, no. ¿Aprendizaje continuo?, sí. Se puede ser aventurero en tierras ajenas. Allá, donde reinaron los Wari, me queda la sensación de querer volver y reconocernos. No es floro, es autenticidad.

Volver. ¿Por qué? Pues me quedaron chicos los dos días de placer visual y la frase “¿Qué bonito, no?”, se me repite a cada instante en el oído, como eco silencioso de pasos que se pierden en las pampas de Quinua. Allí donde nos libramos del yugo español. O en la catarata de Paqcha Chirapa, donde llegamos para comprobar que la naturaleza te regala espacios de sabiduría en sus entrañas, donde jamás piensas que llegarás pero un día te toca conocer para retratar en tus pupilas esas imágenes grotescas de peñascos inmensos y valles verdes, con ovejas olor a humedad y lodo formado de lluvia placentera, como dolores de llantos ajenos que se ocultan en medio de arbustos para irlos descubriendo con cada paso y caminar.

Te digo, qué bonito es Ayacucho. Tuve suerte de sumarme a una aventura ajena y escribir esto que me suena a verso, nada de floro, sinceridad absoluta. Ser invitado de una historia que no debía ser la mía pero la tomé como propia para que me queden cinco fotos de sonrisas perfectas a las que me rindo, no sé porque, ni hasta cuándo.

Cada hombre tiene su ciudad. Y difícilmente pienso que la serranía ayacuchana sea la mía. Pero su religiosidad con miércoles de ceniza, su andar pausado y calles de adoquines destrozados y pistas de piedra mal cuidada se parecen al ritmo de vida que quiero llevar. Alegre por las mañanas, tierna por las noches. Apretada de día, mortal de nocturnidad. Bipolaridad de una ciudad moderna enclaustrada en un régimen de antigüedad.

Fui feliz en Ayacucho. ¿No es cierto?, la pregunta es trasladada a “X”. ¿Quizás a ustedes también? Anduve con soroche las primeras horas y el aire aceleraba mi corazón. ¿El aire?, sí, un aire escaso y frío. Fui feliz en un lugar en donde al gobierno le jode recordar su existencia. Qué vaya el MIMDES con sus limosnas caritativas de alimentos no perecibles, que vaya el programa Juntos y desmienta que las madres se embarazan por recibir cien soles por crío, que niegue que un niño por la plaza vende su cuerpo y que en el VRAE, donde reinan los bosques de tinieblas y enamoran los bellos parajes, los narcoterroristas malditos asustan y espantan. Cómo es de irónica la vida, uno es feliz en el lugar donde otros solo conocen llanto. Uno estuvo contento en un lugar que sufrió de desolación pero que goza de un cielo celeste, que conoce de justicias efímeras y de un sol dorado que anda por los cielos como el padre Inti que nosotros apreciamos. Ayacucho es una tierra a la que le ha tocado danzar con la más fea, pero donde, como reza el verso, “bailan, porque su pena espantan”.

La danza es una manifestación del alma: bailan los tristes y contentos, baila el quechua hablante y el limeño. ¿Quién no baila en Ayacucho?, el compás de las comparsas te marca el paso y el camino. Baila el rico y baila el pobre, baila el cholo y baila el negro, bailo yo y baila el choro. “¿Dónde está la billetera y los pasajes, el DNI y las tarjetas?”. Baila el alma en su estado más puro e intelectual. Bailas para liberar los demonios y dar los santos oleos a las almas adoloridas. Todos bailan en Ayacucho que por hoy es sinónimo de fiesta pues las casas de tejas a doble caída son adornadas con globos y serpentinas y sus 33 iglesias de estilo barroco - renacentista permanecen abiertas para pecadores sin pecados, cuna de párrocos héroes e hipócritas. La ciudad me sabe a cuy chactado y pachamanca, a chicharrón, a puca picante y a felicidad.

Felicidad que busco se filtre por el tiempo, que en estos momentos es la dilatación de la esperanza. Quiero que dure más, que las montañas que observas te acompañen siempre, como el cielo de estrellas tintineantes. Pediré que la noche de Ayacucho se extienda y perennice aquella caminata por las calles sin pistas y las trochas de la ciudad. Allí donde circulan riachuelos de lluvias, por donde se camina abrazado a lo que quiero mirar, solo mirar: luz, calles, soledad en las veredas, oír pasos en cuadras peladas, sí, lo sé, suena a utopía, pero existe, eso es verdad.

En Ayacucho observas la diversidad de culturas, la religiosidad de un pueblo, también lo pagano. Te sumerges un poco y rescatas que hay bondad en sus gentes, pero se mantiene esa maldita tara de hablar del terror. Cambiemos, sembremos la costumbre de revalorar sus ríos y lagunas, sus cordilleras y artesanos, sus casas de adobe y quincha, sus tejas con retratos de padrinazgos en fiestas patronales.
En Ayacucho el sol quema pero no arde. Y quiero recordar esa frase de “Ayacucho, ciudad que enamora”, para eliminar la mierda que ya es pasado y, hablar de una ciudad de contrastes y bella para el turismo. Presta para mochileros cautos de miradas perplejas, de esas que se dilatan con el tiempo, de aquellas que pintas y son espejos del cielo. Ayacucho es la ciudad de tradiciones ancladas, con pizcas de chicha y folclor.

Fui feliz en Ayacucho. En su hospedaje con mate de coca y desayuno con pan serrano, con su café tostado y mantequilla de vaca. Fui feliz en el mirador cuando desde lo alto observé la ciudad de noche, negra e inmensa. Fui feliz en ese policromo verde de texturas finas a 2 mil 800 metros de altura. Sonreí en Muyurina, ese campo recreacional donde juegan al fútbol los hinchas del Inti Gas y, por la noche ayacuchana, en el barrio de San Blas, acompañados de chela y papa con huevo para abrazar el hambre y el corazón. Para qué negarlo. Uno se enamora en esos instantes. Aunque las comparsas no crean en el amor (discrepo señora: yo sí). Uno se enamora porque oye el acorde de las guitarras y las gentes que cantan sus penas en yaravíes, porque bailan sus huaynos y se respira el quechua, idioma de sangre. Sangre que se observa en los pies con cada zapateo festivo de baile en carnaval, allí donde las mujeres guapean y conquistan, allí, donde los hombres nos dejamos conquistar. Cómo negarlo, ocultamos sentimientos, somos hipócritas de verbo y corazón, pero allá, he sido sincero de alma. Ayacucho es matriarcado y eternidad. Es cordilleras y sur. Allí se comprende que la vida sí es un carnaval, donde se refugia el inclemente en un cielo de nubes que flotan como copos de nieve. Allí, donde se le pregunta a la doña: “¿A qué hora acaba esto?” y “nunca” te repiten al instante. Solo en ese momento comprendes que es cierto, la vida a veces es un carnaval que sabe a Ayacucho con sus balcones coloniales, con su cerveza en las cantinas, con su andar de la mano por las pampas de la libertad, donde no cabe duda, se firmó la independencia, que a muchos le sabe a mentira, pero que por esos días a mi me supo a verdad.


2010 [La última confesión]

Quiero confesar que mis complejos me ganaron el año que pasó. Que no seguí una ruta fija, que mis caminos se bifurcaron y no supe, jamás, dónde llegar. Si pensé que el 2008 fue una etapa de conflictos propios y ello opacó mi poca luz, en el 2009 se terminó de extinguir ese algo que me daba fuerza y entré en confusión.

Primero fue en el aspecto sentimental. Confundido, raro, un año incipiente e impaciente, con muchas dudas en las que mis tormentos se dejaban apaciguar con pequeñas sonrisas que confundíamos con felicidad. El otro amor. El amor después del amor. ¿Cómo es eso?, era extraño y sin respuestas. Horas de preguntas y dudas, llamadas intensas sin motivación que podían durar horas en las madrugadas, conversaciones vía chat y hasta mensajes dramáticos de “feis” que hoy parecen lejanas a la realidad. Fotos, más fotos y fotos: en Lima, en conciertos, en bares, lejos de la ciudad, también… Idas y vueltas, apariciones y desapariciones. Rondas de trago y revelaciones absurdas. Arrepentimientos, tristezas, mentiras, largas caminatas por el centro de Lima…cuantos engaños acompañados de cigarrillos nocturnos, yo no fumo, no sé por qué lo hacía. Había un poco de alegría cuando oía a Sabina o a Serrat, o al Grupo 5, ufff… el Grupo 5… si la confusión es una ciencia, en 2009 debí ser el mejor discípulo de Confucio, ese “chino-japonés de los más antiguos que inventó la confusión”, Giosue Cozzarelli, señorita Panamá, dixit.

Envidié a mis amigos y compañeros. Por todo lo que lograron y yo no podía y no quería. Llegué a un punto de idiotez que envidié los goles de mi gente en las pichangas domingueras… No había fundamento en mis sentimientos, solo nacían de un lugar oscuro, como si fuera la liberación de un animal inseguro que nunca me atreví sacarlo a pasear sin correa. Siempre era más fuerte que yo.
Mis envidias no eran hacia una persona en especial, sino, a un conjunto de personas, a las que hoy por hoy me volví a acercar con cariño y sin rencor hacia ellos… ni hacia mí, que es el peor de todos los rencores.

Me odié tanto, me acomplejé tanto, me debilité tanto, perdí la pose del vulgar para convertirme en un vulgar, perdí logros y acopié frustraciones. No pedí consejos, cerré la boca y callé lo que me dolía… y hoy lo confieso con aliento a Johnny Walker y con una sensación rara de impotencia en las piernas, que se quieren mover, o correr, o salir disparados al mar y olvidarse de que hay problemas, siempre, por solucionar.

Tengo ganas pues, de salir disparado de la cama hacia ese mar turquesa, de espuma blanca y lizas voladoras, como en las mañanas mancoreñas, te digo: abrázame con tus olas que te envuelven como un remolino, con esa corriente que se mete entre tus dedos y cruza acariciando tu boca y tu nariz para dejarte un poco sin respirar y con los labios salados; es cuando miras al cielo y observas el firmamento celeste, celeste e inmenso, sin límites con el mar, como la vida…sin límites, sin límites, solo tú, la liza voladora y la pequeña ola de remolinos espumosos, que es la vida, que es la paz…

Perdón, divagué.

Admiré mucho, me distancié mucho también, de la gente que quiero, por ejemplo, me alejé de otras personas que me hicieron daño, odié a mis patas de trago, por borrachos, odié a otros por marihuaneros y coqueros. Me alejé de todo tipo de vicios extraños, como el pincharme los dedos y verlos sangrar. Me pegué mucho más a la lectura y en la escritura experimenté estilos, nunca salió nada que me convenciera. Cada texto era una oda a la mediocridad, por eso dejé de escribir.
En lo laboral. Renuncié hasta en cinco ocasiones al trabajo, todas de forma mental, hasta que en realidad lo hice. Harto de lo rutinario y aburrido. Pasé de Sociedad a Deportes en La República y en esta última etapa, exploté… ya sin el apego de mis amigos de sección, sin el filing que siento por lo humano y lo social, traicioné confianzas, es cierto. Gente que apostó por mi le metí una puñalada. Debo afirmar que cuando acepté mi pase a Deportes lo hice motivado más por el dinero, más por hacer algo nuevo, más porque sabía me sería más fácil salirme del diario desde esa tribuna que desde Sociedad. Dije tres meses y cumplí. Al tercer mes renuncié, sin remordimiento. Me fui sin pena y sin gloria, despidiéndome de algunos, sabiendo que le decía adiós a una etapa que incluía, no solo un apego laboral, sino también sentimental. Good Bye, mi friends.

Lo de mi mamá llegó luego, y ya no quiero redundar más en el asunto (ver el pasado post). Llegó como para darnos lecciones. En ese segundo semestre del 2009 aprendí lo que es sudar la gota gorda, había que parar la olla de la casa, ver por los servicios, estar atento a lo que ocurría en el mercado, una suma de cosas que te hacen más fuerte y aprender a la mala. Nunca supe mantener un hogar, tuve que comenzar de golpe y sin dudar.

En tanto, frilanceba, no conseguía algo fijo, como hasta ahora. Pero luego, llegué a una ONG, donde sentí que estafé a la gente. Me sentía un inútil sin saber qué coñazo hacer, no sabía por dónde empezar ni cuándo terminar, siento que solo entregué mediocridad, fui una gran decepción. Nadie me lo dijo, pero seguro lo pensaron.

Debió ser mi peor papel como trabajador y lo acepto. Reemplacé a una amiga que salió de licencia pre y postnatal. A ella, mi agradecimiento eterno, aquel sueldo, me salvó el pescuezo. En medio del trabajo de prensa institucional (que confirmé no es lo mío) editaba la portada de Terra Perú los fines de semana y seguía, como podía, mi maestría de Literatura en la Universidad, con tropiezos incesantes. Pero allí, dándole…
Y así acabó el año. Jugando al borde del reglamento, esperanzado en que algo bueno siempre sucederá. Armando Campos, director del diario El Men, alguna vez me dijo: “cuando estés debajo de la ola alégrate, porque ya te tocará estar arriba”. Y este 2010 pedí revancha.

Comencé el año sin trabajo y jugando al faquir: renunciando a todo “frilo” que me alimentara de dinero por la convicción que tengo de conseguir un nuevo trabajo al que le debo dar prioridad. Pienso, debe ser en algún lugar que sienta me dé la oportunidad de crecer como profesional, de aprender y sobre todo de ganar un dinero que me permita estar tranquilo para mantener la casa y este bolsillo juerguero. En esas andamos…
Me fui a Máncora, al hotel que tiene un tío mío a pasar 15 días. Las vacaciones me hicieron bien. Fui con mi mamá. Regresé más negro y relajado, con la convicción de encontrar cosas buenas y nuevas. Por el contrario, Lima te contamina: hallé que el teléfono, el cable y el internet no estaban pagados, que la tía del segundo piso me piteaba por la deuda con el agua, que mis tarjetas de crédito, y las que no son mías, debían ser canceladas, las financieras ya jodían con su rollo de mandarme a las centrales de riesgo del país... Toda una vaina gris.
Pese a ello no se me fue el optimismo. Pese que a que el dinero se me acaba y la impaciencia me gana. No importa, lo juro, no importa. Positivismo total… Para este 2010, que para mi recién empieza, prometo florecer. No solo me compraré un carro sino que conseguiré un trabajo en el que me sienta feliz. A ello se sumará que escribiré más… iniciaré el proyecto de una novela, creo que ya es hora.

No sé qué narrar. Entrenando se aprende. Quizás hable de todas las malas experiencias, seguro heriré personas, pero busco sincerarme con todos e iniciar de nuevo con honestidad. Aceptando los errores, es una forma de reconstruir. Confesando lo que te duele es una forma de sentirse mejor.
Intentaré viajar más y si se puede irme al extranjero de visita o comisión. Ahorraré dinero y cuidaré mi salud, me quitaré la pose de vulgar y me convertiré en solo un vulgar, jaja… eso es broma. Construiré una pose más estilizada, quizás un dandi al estilo Valdelomar o un Chocano egocentrista. La pose del posero, qué más da.
Quiero sonreír y mucho. Mi felicidad anda apañada, estamos intentando limpiar mi estrella para que todo salga bien. No tengo más metas precisas, las iré construyendo con el trámite de los días. Este 2010 debe ser bueno, escribiré más, lo prometo, me meteré en menos problemas y juro que dejaré las confusiones sentimentales a un lado. Iré más seguro, seré menos autocondecendiente, me comunicaré mejor y no dejaré las cosas a medias, me aventaré más, lo que seguro me traerá muchos rebotes… me afligiré menos, en cuanto a ese problemilla orgánico que tengo en mi corazón, lo trataré…tengo mucha vida por delante. La alegría es sana, el cielo, como el mar, no tienen límite, como la construcción de mi paz.
Hoy almorcé con G., una chica guapa de cejas pobladas y ojos de encanto, mientras comiamos, un Dragón Chino pasó por el frontis del restaurant. Se iba a la calle Capón: “Mañana es el año nuevo chino… feliz año”, le dije, y ella sonrió: “Feliz año”, respondió y yo pensé: “Era cierto… esto recién comienza, aun me queda mucho por avanzar... El 2010 es mío”.

PD: Esta fue la segunda y quizás la última confesión de parte que hago en el blog. Gracias por comprender, por leer y por su paciencia. Gracias por sus críticas y comentarios... sé que muchos se han quedado sorprendidoss por lo que cuento. Todo fue parte de una mala etapa. Ahora, volvamos a la crónica y a los buenos tiempos.

lunes, 8 de febrero de 2010

Carta a Dios [Si el receptor existe]

Te escribo después de mucho tiempo o quizás es la primera vez que lo hago. Cuando la ciencia se acaba, no nos queda más que la fe. Y si en realidad existes, Dios, sabes a lo que me refiero. Mi mamá está enferma y ya no sé qué más hacer.

Po eso te escribo, pues me dicen que te gusta hacer milagros, que cuando la ciencia o la tecnología desaparecen basta un poco de agua bendita para curar las heridas, y las heridas de mi madre son funestas, si la depresión se mantiene, la puede matar de pena atacando su corazón, que es lo más bello que ella tiene.

Su depresión es severa y los doctores no saben qué hacer. “Se nos escapan los caracoles”, han dicho entre ellos. Yo los oí. Ella ha pasado de un policlínico a un consultorio particular, de una conocida clínica y a un hospital. Los doctores hablan de un largo tratamiento, que tengamos paciencia y le demos mucho amor, que todo lo malo pasará ¿pero cuándo?, me pregunto a cada instante. Nos dijeron un año o seis meses, ya han pasado siete y cada día la veo peor.

En mi familia no perdemos las esperanzas pese a que ella dejó de hablar, pese a que no coordina bien sus acciones y parezca un alma en pena, con mucha pena. ¿Qué es la depresión? ,¿La pena que sentí cuando mi chica, a los 15 años me cortó?, ¿La tristeza que tuve cuando murió mi perro de 16 años, o la etapa en la que tuve que andar metido en pastillas y marihuana para olvidar que las decepciones más dolorosas son las que se provoca uno mismo..?. nada de eso, esas son payasadas de adolescente idiota qué no sabe qué hacer con su vida: depresión es esa enfermedad crónica que no sabes cuándo acabará, si con la muerte o con la cura o el remedio. Depresión es ese mal que ataca el sistema nervioso, lo debilita, lo destroza y en el caso de mi mamá, te lo recalco Dios por si no lo sabes, pierdes la memoria, lloras todo el día, dejas de dormir, se te va el hambre y el sueño y con ello los sueños y las ilusiones, pierdes autoestima y esperanza, colapsa tu cerebro, ingresas en shock y tu único motor es el dejarte morir sin motivación. Así esta mi madre, Dios, y tú lo debes saber bien.

Las pastillas no le hacen, ningún tipo de medicamento tiene el efecto esperado. Te hechas al olvido y hace mucho que no te escucho reír, solo llorar, llorar, llorar… hace mucho que no oigo tu voz, hace mucho que no me dices “Davicito”, hace mucho que no eres la misma, sino esa marioneta en la que te has convertido, dependiente y sin esperanzas, una muñeca de trapo a la que hay que lavar y cuidar y alimentar, porque sola ya no quieres o ya no puedes….

Por eso te escribo Dios, por eso te reclamo Dios, porque carajo te metes con los justos. Te recuerdo que hace un año mi mamá se reía a carcajadas con mis historias, me alentaba a seguir con mi vida y mi trabajo, te recuerdo que hace un año era capaz de movilizarse sola, llamarme al celular e invitarme un pollo a la brasa, que hace un año me visitabas en el periódico y comprendías mis dolencias del corazón, por qué si eres tan buena te pasa esto…es justo que a los buenos les hagas la cagada, Dios… ¿es justo?

Ayer fui a la misa del Padre Urraca en la iglesia La Merced, del Centro de Lima. Me paré junto a una columna y fijé mi mirada en la cruz que se alza por encima de toda una pared. Creo que fue la segunda vez que se me escapa una lágrima en todo este tiempo de la enfermedad de mi madre, Dios.

La primera fue en una noche de setiembre, cuando de impotencia mordí las almohadas del sofá para que nadie escuche mis gritos y no dudé en maldecirte y blasfemarte. Lloré diez minutos y me juré no volver a hacerlo por culpa de su enfermedad. “Juro, que sin ser médico yo te curo”, le increpé a Dios, al Padre Urraca y a todos los santos como en esta carta lo hago: “CURA A MI MADRE, CARAJO”, te dije, y no volvimos a hablar. Llore cinco minutos más, Luego salí a encontrarme con mis amigos, y maquillar mi rostro con una sonrisa fingida, una felicidad apañada por ti.

Fui a la misa por una promesa. La cumplí. Mi mamá aun cree en ti, como en el Divino Niño, “el Doctorcito”. Junto a ellos recé un Padre Nuestro incompleto y un Ave María extraño, no recordaba bien lo que era hacerlo y fue cuando noté que hubo gente a mi alrededor que me miraba, quizás por el rostro desencajado y la mirada perdida, no lo sé, pero me miraba. Y yo que seguía insultando y maldiciendo en frente tuyo. Juzgando a la vida. Por cabrona. Por mala. Por perversa. Te la agarras con los débiles y cagas a los buenos. Los malos, ya LO veo, anda en un pie de felicidad, caminando cobrando sus cheques y haciéndose el rico. Dicen que todo es karma, la bondad volverá a nosotros que trabajamos por el bien, tu estas maldecido. No lo digo por ti, Dios, tú sabes a quién me refiero.

Recé y oré por mi madre, solo por ella. No te pedí por mi salud o por mi trabajo ni por mi padre, que anda arrastrando su poca vida producto de un cáncer terminal. Él ya vivió sus 74 años y nos hemos reconciliado hace poco, después de muchos años en los que maquillé nuestro distanciamiento con su muerte ficticia. Mi madre, con 54, mujer guapa y separada, con un solo hijo de 26 es para que goce lo mucho que le queda de existencia. Solo recé por ella y tú lo sabes Dios, tú lo sabes. No nos hagamos los tercios, que si en realidad me escuchas, conoces muy bien la
historia.

Apelo a ti entonces, a la fe que trato de construir para creer en ti, para ser parte de ti. No te pido más que por ella. Que la vuelvas a su estado de gracia, en la que me llamaba “Davicito”, en la que como hace seis meses me invitaba pescado frito en Habich. Antes que tu estado de demencia te consuma y te vuelva temblorosa y llorona, antes de que tu depresión se convierta en nuestra más grande pena, antes de que toda tu alegría se convierta en decepción.

Veo una foto de hace un año Dios, y veo a mi mamá con muchos kilos más y sin ojeras, con la tez rosada y no pálida, con los labios que aun pronunciaban sus deseos. Hoy que eres marioneta en vida te pido le devuelvas su dignidad de persona, que le devuelvas lo mucho que le has quitado. Prometí no llorar porque sé todo acabará pronto y en tu cumpleaños bailaremos alguna cumbia de moda. Mientras tanto tú quédate en el Norte, que la brisa del mar acompañe tu sueño, que las gentes alegren tu existencia, yo me vengo a Lima a enfrentarme a la mierda que puede ser la ciudad, a cambiar nuestro mundo a alistarte las sábanas de tu cama y plancharte la ropa que tengas ajada. Dios, si en verdad existes has el milagro, la ciencia ya no sabe qué carajo hacer, te propongo un trato: te regalo 25 años de mi vida, 50 años de mi vida por la salud de mi madre. Cúrala. Si ella no está, yo tampoco quiero estar. Si ella está, yo estoy. Ayer soñé que estaba sana, y quiero sea así. Analiza mi propuesta.

Adiós.


PD: No tengo muchos amigos cristianos, creo. Yo tampoco me considero tal. Pero creo en la fuerza natural y en la suma del amor y el bienestar que crean la felicidad. Prometo rezar de cuando en cuando y comprometo que esta noche, algunos de mis amigos que leyeron esta carta abierta, se acordaran de ti y también (a su modo) orarán por la salud de mi mamá…así te sentirás más presionado y tendrás que cumplir con el ansiado milagro.

miércoles, 18 de noviembre de 2009

Un burdel llamado La Estación

¿Qué busca y qué hace un hombre cuando se va de putas? Sus protagonistas se lo responden. Recorre el prostíbulo más concurrido de Lima Norte, ese nuevo corazón de la ciudad.

David Gavidia. (A mis amigos los “parroquianos”)

Huele a caldo de gallina y a Purina. También a un poco de aserrín. Las chicas no se mueven de la barra. Son mercancía a disposición. La cerveza transita de una mesa a otra. Vasos helados, líquido extraño, espumoso licor que es secado con ansiedad. Un vaso lleno, ¡Salud!, ¡Una botella al piso! (aplausos-gritos-saaaaaaaaaaaauu)…

Hay hombres de braguetas desabrochadas y manos ansiosas. Luces rojas que tapan las imperfecciones de la piel. De tu piel, de su piel…

Música que llena los espacios, nuestros espacios, aquellos espacios.
Baños que huelen a berrinche y a humo de cigarro, baños que también son mercados de la transacción, pequeñas cloacas del barato amor.

¿A cuánto el polvo?, 40, cariño, ¿Servicio completo?, trato de pareja, mi vida, ¿Con chupadita?, vaginal y poses, querido.

Son las nueve de la noche del sábado 31 de octubre y en la puerta de La Estación -el burdel de Lima Norte- un señor lleva puesto una máscara de calavera y en la mano un garrote de verdad. Su acompañante tiene una peluca con un cuchillo de juguete atravesado sobre la sien. “Tres soles la entrada”, dice al ingreso, cuya puerta está adornada por luces rojas y lilas, azules y amarillas, por globos naranjas y serpentinas negras, por calaveras de cartón.

Entras…

La Estación no figura en los website de prostitución de Lima. Hace unas semanas fue clausurado por el municipio de San Martín de Porres al carecer de las normas mínimas de seguridad, sanidad y salubridad (¡¿alguien dijo VIH?!). Hoy, sin embargo, han preparado una fiesta que incluye: sexo en vivo, promoción 2 X1 a la zona VIP, baile del tubo, table dance, seis lucas la chela y otras sorpresas que anuncia el animador.
Una fila de hombres hizo su cola para sentarse a beber y flirtearse alguna trabajadora sexual (eufemismo que usamos –y usaremos aquí- para referirnos a las señoritas prostitutas). Todos tienen las mismas caras: ojos inquietos, algunos llevan puestos una gorrita que les tapan los rostros, otros visten camisas y ternos, algunos, buzos o shorts. Son parroquianos.

LA ESTACIÓN ENTONCES LUCE SUS PUERTAS ABIERTAS. Google maps - el plano virtual más visitado del universo - lo ubica en el Ovalo Naranjal, kilómetro 7.5 de la Panamericana Norte. Pero la Internet no conoce de zapatillas ni de experiencias. Por ello, el local donde la mujeres inventan cariño, se halla entre la oscuridad de un callejón pegado al Gran Complejo de Los Olivos, donde hierve cada fin de semana Marisol y los Caribeños de Guadalupe. Tres cuadras hacia abajo, la avenida Túpac Amaru se levanta como una lengua negra y bífida que te lleva hacia los cerros poblados del distrito de Independencia. Frente al burdel, la fábrica de comida para animales Purina, de allí el olor a caca de gallina que invade el lugar.

En el interior, unas veinte chicas, mujeres, adolescentes, cumplen sus propias reglas: “al cliente, solo veinte minutos” y “Está prohibido enamorarse”. Nada más. Ellas no se ofrecen, ni te inquietan con toqueteos malditos. Tampoco te piden les regales un trago, ni te miran por casualidad. Conversan entre ellas: de sus hijos, creo; de los enamorados, también. De problemas de lactancia, que los tienen; del temor a la TBC, sí, a la TBC.

Ellas de pie, y pegadas a la barra, solo ven a la masa de hombres sentados, riéndose a carcajadas y esperando que alguno se le acerque. Cuando alguien las acecha, su semblante cambia. Ahora sonríen a medias. Ahora mueven las yemas de los dedos, en gesto coqueto. Ahora hablan bajito, como si su voz se convirtiera en susurro, casi imperceptible para el oído ajeno. Ahora llegan al acuerdo. Ahora ella coge su bolso. Ahora él la sigue orgulloso. Ahora se los traga una puerta… Ahora, inician el acto.

DE LOS CUARENTA SOLES QUE PAGA EL “CLIENTE” POR EL SERVICIO, VEINTE ES PARA LA EMPRESA Y VEINTE PARA LA TRABAJADORA. “Es un acuerdo al que hemos llegado”, dice Canela, una pequeña de 19 años proveniente de Tarapoto, mientras cancela en la caja, ubicada en el ala izquierda de la discoteca, donde se levanta un pabellón de tres pisos con cochera y unas cincuenta habitaciones.

Canela llegó a la Estación gracias a una prima quien le dijo: “hazlo por dinero”. Y allí se quedó. Trabaja de jueves a domingo. Los lunes descansa y los martes y miércoles lo hace en otro night club del Centro de Lima. Explica que, a comparación, aquí se siente más cómoda. “Gano más”, dice, escueta. Su conversación gira en torno al dinero. En algún momento habló de educación (¿Computación y Turismo, dijo?). No lo recuerdo bien, hubo distracción: anunciaban el inicio del show de sexo en vivo en la zona VIP. El animador se mueve por la barra anunciando la promoción: “A ver, a ver, a ver… descubre las maravillas que te ofrece la noche… solo por diez minutos a quince soles la jarra de cerveza; a solo quince soles… ven a la zona VIP. Aprovecha la promociooón”.

Es la medianoche del Halloween. Fin de mes y la gente anda con plata. Una fila de personajes paga su ingreso a la selecta zona VIP. Donde se supone están las mujeres más guapas y el polvo más caro (entre ochenta y cien soles).

El sexo en vivo es una imitación casi paródica de la película Streaptease, donde Demi Moore luce sus pechos en 7 milímetros. Hay una chica que baila, muestra el culo, enseña las tetas, seduce a los espectadores ("¡Prohibido tocar, prohibido tocar!”). Luego, de a pocos y en ritmo de Crazy de Aerosmith se saca el sostén, las bragas y se cuelga de un tubo. Camina por el escenario y escoge a un joven ardiente, cualquiera al azar, lo sienta en una silla y se monta, sin más ni más.
Luego suceden dos cosas: la primera, y que es muy usual, que al sujeto no se le pare. Las luces, el shock por la sorpresa de haber sido escogido, la probable intimidación de estar sentado delante de una guapa y descomunal mujer frente a 50 salvajes que observan y gritan como el sexo no le responde y se le encoge del roche al no lograr su cometido. (“Puta es la primera vez que me pasa `on”, se defiende). Mientras recibe las rechiflas públicas, aunque estas duren poco, la mujer ya salió en busca de un nuevo ganador.

Lo segundo, y que también resulta habitual es que el aparato le funcione y el otro salga feliz con un toque de buen sexo gratis, que en resumen es: sentado en una silla, la chica cabalgando, cuatro, cinco, seis movimientos bruscos de cadera y la eyaculación veloz, solo así se puede llegar a sentir placer alguno. Si el parroquiano se demora en venir, es desechado. Aunque recibe las palmas, del siempre bien respetado.

EN SALA PRINCIPAL, CANELA, SE ACOMODA EL SACO ROJO Y SE PARA EN SU ESQUINA HABITUAL. Ha terminado su quinto polvo de la noche. La suma le resulta interesante si tenemos en cuenta que ella, por su trato de pareja, por su desnudo completo, por su disposición al sexo anal y al tiempo extra, recibe propinas, regalos, un “estímulo económico” del acompañante de turno. Trabaja hasta las 6 am, y durante una jornada normal puede tener entre 15 y 25 clientes, a quienes se ha prometido nunca besar.

- Yo no doy besos a los clientes, si les chupo la pinga a todos.

Canela inicia su acto sexual, primero, quitándose la ropa. Pidiéndote hagas lo mismo. Luego saca un preservativo del bolso y con la boca lo coloca en el pene del parroquiano, deslizándolo por todo lo largo con las yemas de los dedos.

- Los besos solo para mi novio.

Al tocar el tema de su pareja, Canela, se pone nostálgica. Le duele hablar de ello. Parece enamorada y, cada acto sexual con un sujeto “x”, es una puñalada en el ego, más que en el corazón. Solo dice que él vive en Vitarte y tienen ocho meses juntos. Lo engaña diciéndole que por las mañanas trabaja en Metro – un conocido centro de abastos peruano- y por las noches como anfitriona en un casino de Jesús María.

Canela entonces se acomoda el cabello. Lo tiene húmedo y recién peinado (no huele a sexo). La pregunta sobre su enamorado la ha dejado callada (¿se sentirá triste?), sus ojos denotan cansancio (¿disfrutarás con los clientes?), tiene las manos mojadas (¿tendrás tu público fijo?), la ropa se le ve limpia (¿o tendrás asco de echarte a la cama con uno diferente, siempre?) bosteza, quizás de aburrimiento (¿te habrás enamorado de alguno?).

- ¿Y vamos a tirar o no?, pregunta Canela. Sería el quinto o sexto, quizás el séptimo de la noche. Prefiero callar y observar alrededor.

La noche resulta dura. Es un murciélago rabioso que goza en la oscuridad. Y aguantarla siempre es complicado. A las cuatro de la mañana cuando el cuerpo comienza a sentir la fatiga, algunas de las chicas ya quieren descansar. Unas duermen sobre las mesas y otras buscan clientes, desesperadas, otras bailan con sus “fijos”: esos parroquianos que las visitan cada fin de semana, con un regalo bajo el brazo.

DURANTE EL SEXO, CANELA SE DESVISTE EN SU TOTALIDAD. A diferencia de Hellen o Gabriela, otras de las trabajadores del lugar, que no se sacan el sostén. “Nunca muestro las tetas”, cuenta Maribel, quien esta parada junto a Canela. Ambas no solo son amigas sino que nacieron en Tarapoto. La complicidad, la vida dura, las noches largas las han hecho cómplices de la nocturnidad y confidentes de día. El ser paisanas las hace sentirse acompañadas en esta dura ciudad.

“No me gusta que me toquen los pechos. Tengo una hija y no quiero que me infecten”, detalla Maribel, con un tono de desprecio en su voz. En alguna ocasión, cuenta que un cliente osó besarle los senos cuando aun ella daba de lactar. El amante se fue con un sabor pastoso, producto de la lactosa, en sus labios. Mientras ella sintió repugnancia y pena por su pequeña. Dice que desde entonces, él, siempre vuelve por ella, pero nunca más le permitió siquiera, rosar sus redondas tetas… quizás alguna vez: cuando éste le pagó 40 soles más porque solo se quitara el brassier.
El dinero es así. Y tenerlo frente a estas mujeres genera una sensación de poder en los hombres. La cuestión monetaria (disculpen la huachafada) entrega al “varón” ese inusual dominio de escena que muchos no tienen en la vida real, en el talk show de la existencia. Sin letra y sin floro pero con algo de dinero van en busca de placer, nunca de amor. ¿Morbo, aburrimiento, insatisfacción sexual, incapacidad para conquistar a una chica?, son algunas de las preguntas que diferentes mujeres se preguntan a través de los foros en la Internet. “N” son las respuestas. Nunca, complacientes.

En La Estación se ignoran estas divagaciones. Para las trabajadoras del sexo, los hombres son unos parroquianos más, penes andantes que beben y gimen antes de eyacular. Pechos desnudos, cuerpos de diferentes colores y tamaños. Espaldas que convulsionan en el reflejo de un espejo, un par de nalgas que se contonean al ritmo de una penetración de la cual, ellas solo fingen gozar. Hombres con pocos Soles, adolescentes que ahorran todo un mes para el debut, ancianos impotentes y solitarios que solo pagan por compañía, empresarios en quiebra que buscan olvidar las finanzas. En este fideicomiso del falso amor, todo vale. En el burdel, la democracia no existe: la dictadura es el dinero.

La mujeres trabajadoras de este lugar, quizás, podrían responder la pregunta del millón ¿Porqué los hombres se van de putas? ¿Por qué son capaces de llenar locales como La Estación durante cada día de la semana?... para ellas la respuesta sería: pues aquí hacen lo que no pueden en su casa, se liberan.

Pero, no saben, que en este burdel, como en cualquier otro, el hombre busca valores elevados, que no es más que la solidaridad con el cuerpo. Se mezcla el Eros y el Tánatos, el erotismo y el placer sin confluctuar sentimientos. Después del sexo, chau, cada uno por su lado, ninguno sale herido, al menos del corazón. El contrato es claro. Nada es cierto. Todo es ficción. No hay amor de verdad en este peligroso juego. Solo un poco de búsqueda de autoestima, algo de cariño, sacarte la arrechura que llevas dentro, expulsar el “taco”, perdón por la vulgaridad, y escupir lo más lejos que puedas, esa carga que también se llama soledad.

Canela coge su bolso y culmina la charla. Un sujeto la saluda en la mejilla con un “hola, mi amor”, ella sabe la rutina, su pequeña figura cruza la puerta. Será el número diez. La noche aun es larga y ella sigue atrapada en la nocturnidad a la espera de un cliente que le pague y acabe rápido con ese martirio que es abrir las piernas a un desconocido, que llegó a cerrar la noche a este lugar, ebrio y arrecho, como si fuera éste su paradero final, o mejor aun: su última Estación.

ADGC. Lima, 17 de noviembre de 2009.

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PD: La Estación no es el único burdel de este lugar. En la misma calle se levanta La Anaconda, otro prostíbulo similar pero de una edificación más grande. A parte de ello, existen hoteles al paso y burdeles caletas. Se trata de la nueva zona rosa de SMP, que por su puesto, no figura en las guías turísticas de la capital. Son burdeles de pueblo, que aterrizan los precios del siempre bien comentado Scarlett, el nigth club más ficho de esta parte de la ciudad.
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* José Vidal Jordán es reportero gráfico del diario La República y alimenta su espacio personal: http://www.flickr.com/photos/josevidal/ A él, nuestro agradecimiento por su tan bondadosa colaboración.