martes, 13 de agosto de 2013

La conquista del Planeta rojo

Eiji Onchi es estudiante de mecatrónica y es uno de los peruanos que se encarga de promover la colonización de Marte. Su sueño, desde muy chico, fue trabajar en el espacio, hoy su sueño lo convierte en realidad.

Texto: David Gavidia.
Fotos: Christian Salazar.

Es el año 2010 y el estudiante de la Pontificia Universidad Católica del Perú, Eiji Onchi, recibe un premio por sus altas calificaciones. Un periodista lo entrevista para un periódico estudiantil y le consulta: ¿Cuál es su sueño?: “Quiero trabajar en la luna”, le responde. El entrevistador toma nota como quien no quiere la cosa sin imaginar que aquel chico de raíces orientales irá construyendo de a pocos su anhelo: tres años más tarde será parte del equipo peruano que desarrolla tecnologías para la futura colonización de Marte.  Su meta la está haciendo realidad. Está a un paso del espacio. Los 56 millones de kilómetros de distancia que separan a la tierra del planeta rojo ya no parecen tan lejanos.

“El objetivo a largo plazo es poblar marte ya que la tierra es un lugar limitado y la población está creciendo demasiado”, explica Eiji Onchi, hoy con 21 años. Este joven genio es un estudiante del octavo ciclo de la carrera de Mecatrónica y ya comenzó con su preparación para iniciar un periplo espacial, pese que un posible viaje llegue en unos 10 o 20 años. Por el momento, acaba de regresar de una expedición de sobrevivencia organizada por The Mars Society, una asociación que promueve la colonización de marte y en donde Diego Eiji Onchi Suguimitzu mostró su liderazgo como ingeniero de tripulación.


PRUEBAS DE SOBREVIVENCIA. Su preparación inició en un terreno muy similar al de marte, pero en un desierto rojizo de Utah, Estados Unidos. Durante su entrenamiento escribió cada vivencia personal y la visión de los cuatro peruanos que lo acompañaron: Mónica Abarca, ingeniera del Invernadero donde se realizaban las pruebas del sembrado de hortalizas y vegetales para la alimentación en el espacio; Saúl Trujillo, encargado de actividades extra vehiculares para la exploración de terreno marciano; Andrea Lazarte, oficial de salud y seguridad quien monitoreaba hasta el estado de psicológico de la tripulación astronauta y Alejandro Díaz, ingeniero aeroespacial que promovió la selección de los estudiantes peruanos por su alta capacidad para la investigación.


Cuenta Eiji que durante su estadía en Utah vivió en una base con forma de cilindro de ocho metros de diámetro con dos pisos y capacidad para seis personas. “Era como nuestra casa, estuvimos dos semanas en marzo. En el primer piso estaba el taller de mecánica, el laboratorio de química, biología y el baño; en el segundo piso estaban las habitaciones”. En este lugar la tripulación nacional aprendió a alimentarse con comida deshidratada, a bañarse en dos minutos y a racionalizar el agua. Además de darse cuenta de que la quinua es parte de la dieta oficial de los astronautas.


VIAJES SIN RETORNO. Por el momento, el objetivo personal de este futuro viajero interespacial es crear robots que ayuden a interactuar con otras personas en el planeta rojo.  Para poblar marte se debe conocer y dominar su territorio, por eso, diferentes equipos del mundo visitan la base americana. Antes que la tripulación nacional llegue, otros 125 equipos realizaron su exploración. “Ahora la tecnología es mucho mejor que cuando el hombre llegó a la luna”, recuerda Onchi

.
Es por eso que los viajes al espacio ya no parecen extraídos de la ciencia ficción. La empresa holandesa Mars One ofrece viajes a marte sin retorno y está dispuesta a realizar un reallity con los aventureros. Casi 80 000 personas se han mostrado interesados en este periplo sin pasaje de vuelta para el 2023.


Mientras esto ocurre, Eiji y su equipo se han propuesta crear una sucursal The Mars Society en nuestro país. Esta se ubicará en las Pampas de la Joya en Arequipa, donde a fines de año instalarán una estación donde se realizarán los mismos entrenamientos que se hacen en Estados Unidos. Además, para difundir su trabajo han creado una página web peru.marssociety.org y un fanpage en Facebook.


“Hace diez años nadie se imaginaba que se podría viajar al espacio y ahora es posible. Me gusta vivir en esta época de transición en que la tecnología se está desarrollando tanto que vamos a ser capaces de ir a otras galaxias. Hace unos días veía un noticiero y se hablaba de carreteras intergalácticas y eso me entusiasma bastante”, dice este joven cuyo libro favorito es “Yo, Robot”, de Isaac Asimov y que parece hasta extraído de las “Crónicas Marcianas”, de Ray Bradbury. Al culminar la conversación  insistió en que su sueño sigue siendo trabajar en la luna. Parece que millones de kilómetros no lo detendrán en su objetivo.

sábado, 13 de abril de 2013

“No me estoy preparando para la posteridad”



Por David Gavidia (Notas) el Sábado, 13 de abril de 2013 a la(s) 15:26


Es uno de los periodistas más polémicos de la televisión. Tiene 300 corbatas y no aspira a convertirse en un literato de traje de terciopelo y plumas de ganso.
[publicado en la edición N° 100 de la revista Correo Semanal]
Texto: David Gavidia // Foto: Elias Alfageme.

- En “Soy el hombre de mi vida”escribes Enséñale a caer. ¿Cuántas veces se tropezó?
Incontables. La vida es un aprendizaje permanente y el oficio que escogí esta lleno de caídas. La televisión es inestable. Perú es inestable. No imagino cómo será estar pegado a la rutina del éxito o del fracaso. Me gusta tener altos y bajos. He cometido errores, a veces catastróficos, pero siempre he podido reinventare  regresar y reconstruirme.

- Tiene que ver con no tirar la toalla.
Cuando amas lo que haces y tienes la voluntad de seguir haciéndolo pues buscas nuevas maneras de hacerlo. He intentado de todo, salvo la radio.Hice historietas, noticias diarias. En periódicos hice locales, policiales,culturales, suplementos de humor, crónica. He sido reportero de televisión,entrevistador, conductor de programas de entretenimiento en Enemigos Íntimos yde concurso, en el Valor de la Verdad. Cada cosa la he tratado de hacer lo mejorposible y de disfrutarlo.

- Menciona el Valor de la Verdad. ¿Qué experiencia le dejó?
En general, buenísima. Fue un desafío hacer algo que no se me hubiera ocurrido y, modestia a parte, fue el programa más exitoso del año pasado.

- ¿Le marcó lo ocurrido con Ruth Talía?
La vida está llena de circunstancias dramáticas. Para un periodista,que su entrevistado muera asesinado es dramático, pero de allí, que algunos críticos perversos me quieran atribuir alguna relación causa-efecto me pareció miope y mezquino. Las críticas más severas vinieron de un periódico que tiene un canal de televisión al cual le ganaba todos los sábados en sintonía. Entonces, partiendo de allí, no es objetivo.

- ¿Dejaría el periodismo o la televisión por la literatura?
Muchos me ha dicho: deja la televisión que es frívola, pacharaca,dedícate a la literatura que supuestamente es más alta, más cultural. Yo no creo que uno sea más importante que el otro. De hecho, estar en televisión hace que el establishment literario me vea un poco arrugando la nariz o por encima del hombro, lo que me tiene sin cuidado. Yo no quiero ser un literato de traje de terciopelo y plumas de ganso, no me interesa serlo.

- Entonces...
No tengo la disciplina para, estando desempleado, levantarme a las 8 de la mañana y escribir hasta las 2 de la tarde, como hace Mario Vargas Llosa.Yo necesito la adrenalina de lo inminente, del tener que escribir porque sale publicado mañana, del cierre de edición, del editor jodiéndote sobre el hombro.Es la manera como estoy entrenado para trabajar.

- ¿Cuantas corbatas tiene?
Unas 300... y 30 michis. Siempre me había rehusado a usarlas porque me parecían incómodas, nunca quise que mi personaje televisivo sea tan formal. Luego me di cuenta que, la gente con la que iba a competir, estaba bastante maltrajeada y dije: “yo ni cagando”. Entonces pensé, si voy a usar corbatas, quesean chillonas, divertidas, las más rayadas y cuadriculadas. La gente me tolera ese tipo de excesos porque, imagino, son el rezago de un pasado excesivo. Ahora que cumplí años me regalaron como 10 corbatas.

- Cumplió 45, ¿cómo los lleva?
Genial. De hecho tienes las cosas mas claras, menos angustia por el futuro. Ya no me preocupo demasiado por el que qué vendrá, qué quiero tener,qué quiero hacer. Me entusiasmo con los proyectos en los que estoy. Y disfruto mucho el ahora. No estoy lamentándome por el pasado. O angustiándome por el futuro.

- ¿Le gustaría vivir cien años?
Una de las cosas que tengo claro es que quiero vivir el tiempo que pueda valerme por mi mismo, que mi cerebro funcione como hasta ahora. No quiero ser una carga para nadie. He vivido de cerca lo que es el deterioro de la vejez por mis padres y bueno, puede convertirse en una lenta agonía. Me gustaría un final súbito y sorpresivo.

- ¿Soñó con su muerte? A muchos les gustaría que la muerte de cada uno sea de manera trágica.
¿Para ser un mito? No. De qué me sirve ser un mito muerto. Yo espero que lo poco que pueda hacer, decir o escribir sirva mientras este vivo. Todo están efímero, tan precario, que hay que disfrutarlo mientras estas. Si después alguien te recuerda... ¡mostro!. pero no me estoy me preparando para la posteridad.

miércoles, 6 de febrero de 2013

La chica de la playa



Texto: David Gavidia. 
Fotos: Víctor Vásquez.

Analí Gómez es Leo y contreras. Su carta astral la describe: “le gusta imponer su voluntad”.

No han pasado ni cinco minutos para que un poco de aquella personalidad se refleje en un gesto. Con una mirada severa rechazó un escabeche de pescado en el restaurante de su hermana. “Odio la cebolla”, dirá unos segundos más tarde,  cuando le pongan sobre la mesa el nuevo platillo, pero sin en el vegetal. “¡Ahora sí pues, chato!”, le agradecerá al mozo, sonriéndole con la complicidad de saber que logró lo que deseaba. Está acostumbrada a obtener sus caprichos.

Ser contreras es otro de los factores que le atribuyen como síntoma particular de su existencia.
-  “Mi hermanita es linda pero caprichosa”, dice Libia, dueña del restaurante El Coral, donde ahora se encuentra almorzando Analí.

- “La negra hace lo que quiere y cómo quiere”, dice su otro hermano Iván. Y ellos no se refieren a que la Negra de Punta Hermosa le guste dar la contra en hechos torpes, por el contrario, en los que sirven para ganar batallas impensadas. Analí Gómez Quiroz logró ser tablista profesional en tiempos en que el surf era un deporte de casi exclusividad para ricos, alcanzó hacerse de un nombre en la elite y ganar lo que se le puso por delante. Sus últimos triunfos: medalla de oro en los juegos Bolivarianos de Playa 2012 realizados en nuestro país, es dueña de los laureles deportivos y se suma el campeonato mundial que alcanzó con la selección en Punta Hermosa en octubre del 2010. Es un océano de títulos y medallas.

Seguro fue esa terquedad y convicción por salir adelante la que llamó la atención de América Televisión que hace unos días anunció llevará la vida de Analí Gómez a la pantalla chica, en medio de esa efervescencia por mostrar biografías de personajes que alcanzan la gloria desde abajo. La fórmula no tiene pierde y la sintonía está asegurada. La miniserie está basada en la vida de la surfista: padre pescador y tablista pobre, resultado: campeona mundial. La protagonista será la venezolana Korina Rivadeneira, que no es morena ni tiene los rulos de Analí. La serie tendrá el nombre “La chica de la playa”, todavía no tiene fecha de salida debido a un problema entre la surfista y los guionistas.

“Me llamaron los de la producción de canal cuatro y me comentaron lo de la miniserie. El tema solo está conversado y no es exactamente basada en mi vida”, se apura a rectificar Analí quien no sabe más del tema pero es contundente: “Yo nunca he contado mi vida ojala y salga bien”, dice, pero acepta que la idea de ser inspiración para una miniserie es “chévere”. Hasta el momento lo único que le molesta es saber que en la ficción su madre no estará viva. “Me ponen como si mi vieja  estuviera muerta y ella está más viva que yo”. La situción podría terminar en juicio.

QUERÍA CON VOLAR. Hubo un tiempo en que Analí Gómez soñó con recorrer el mundo. Ahora, con 26 años lo recuerda casi con nostalgia. Para ello quiso ser aeromoza. Por suerte dejó la idea a tiempo. Sin embargo, el sueño lo logró. El surf la llevó a países como Australia, China, Taití. A conocer idiomas extraños pese a no comunicarse e inglés. Además de hacer amigos que la reciben en Ecuador o Argentina como si fuera una pariente más. “El surf te permite hacer hermanos, recibirlos y que te reciban”, dice. Hace unos días volvió a Lima proveniente de Ecuador donde pasó unas semanas con los amigos. Estuvo por allá en Navidad y Año Nuevo. Regresó fresca aunque con un ligero golpe en el tobillo. Esto no le impide seguir entrenando y corriendo olas en Punta Hermosa. Su barrio.

Caminar por el balneario con Analí es toda una experiencia. El público le grita desde los balcones y restaurantes: “¡Buena Negra!”. “¡Felicitaciones Analí!”. Los niños se le acercan para conocer a la campeona, para hacerle preguntas sobre la tabla. La quieren como suya. Es la chica de la playa que camina por el cemento con los pies descalzos pese a que la acera hierve en calor. Es la morena de rulos rubios gracias a la sal del mar, es la mujer rebelde que nunca se compró una tabla. Cada una cuesta cuatrocientos dólares y equiparse para meterse al mar es una inversión costosa, aproximadamente, mil dólares. “Crees que voy a comprarme una tabla. Yo nunca me he comprado una.  Me la dan los auspicios…con mil dólares arreglo mi baño”, dice quién sabe de las necesidades básicas de un hogar. “Gracias a este deporte construí mi cuarto. Ahora con el próximo campeonato que gane quiero arreglar mi techito para que cuando llueva no se me meta el agua”, comenta y nos pide mencionar en la nota–con esa mirada que ya conocemos- sus auspiciadores: “ADO, IPD, BOZ, SANUK, Motos Makiba, Wayo Wilar, Punta Surf Shop”.

UN REGALO DE LA REINA. Ahora que recordó su primera tabla no olvidó a quién le obsequió la primera: La reina Sofía.  Fue la  Mulanovich quien un día la vio corriendo en la playa con una bodyboard prestada: “me llamó y me dijo: “¡oe, chata, toma!” y me dio una tabla profesional”. Desde entonces son como hermanas unidas por su veneración al mar.

El mar para Analí Gómez es ese Dios inmenso que la acoge. Si ella se califica una rebelde, al único ser superior que le tiene respeto es a él y sus olas. Es el lugar donde ha pasado sus momentos más bellos, donde ha chapoteado y también donde estuvo a punto de morir. Alguna vez su pie se atascó en una red de pescar. Se encontraba lejos de la orilla y por veinte minutos no hubo quien la ayude. Solo recuerda una mano y alguien quien la salvó. No surfeó por un mes. Luego se encomendó al mar, le proclamó su respeto y desde entonces no hay quién le ordene salir de allí. Se divierte.

Analí Gómez es la última de once hermanos. Es también quien junto a su hermano Jara se dedica a tiempo completo a practicar el surf. Ellos, junto a Iván, enseñan a correr olas a los vecinos de Punta Hermosa de escasos recursos en una pequeña escuelita.  Han visto en Miluska Tello, constante campeona en categoría menores, a una sucesora de la Negra. Sin embargo, hablar de sucesora todavía es prematuro. Analí no piensa en el retiro. No lo haría, es su profesión. Tampoco piensa en dejar el surf. A sus 26 cosecha una colección de títulos incalculables. En su sala se exhiben copas, trofeos pequeños, medianos, grandes, más condecoraciones, medallas,  diplomas, fotos con su tabla y una imagen que debe ser la que más le agrada. Ella cargada en hombros, con la bandera del Perú encima, una sonrisa inmensa de felicidad que al fin puede explotar de tanto estar contenida y los brazos en alto, que son señal inequívoca de que no se equivocó al elegir al mar como medio de vida.


miércoles, 30 de enero de 2013

"Todos somos peruanos, carajo, y debemos querernos"


Texto: David Gavidia.
Fotos: Víctor Vásquez.

El inconfundible Camotillo tinterillo, el gran Nemesio Chupaca, el hombre andino que llevó la picardía a la televisión, con chispa, joda, con esa pendenciera forma de tomarse la vida riéndose de si mismo como expresión de valor: Tulio Loza, el Cholo de Acero Inoxidable mira con desconfianza esa ola racista que en los últimos días ha tomado por asalto la campaña por la revocatoria en  Lima. Los insultos en las redes sociales, las declaraciones torpes de voceros por el “Sí” y por el “No” en los medios de comunicación. Esa tonta idea de segregarnos por pensar distinto y ser distintos. Entonces, quién mejor que él para respondernos a la pregunta ¿Qué opina del racismo, don Tulio?

“Es increíble que exista el racismo en nuestro país. Son cosas satánicas que llevamos los peruanos desde la colonia. Esa tontería de discriminar al cholo, al negro. Este es un país de todas las sangres, como bien dice mi hermano y mi paisano José María Arguedas. Acá somos cholitos, negritos, blanquitos, sacalaguas, descendientes de alemanes. Nuestras regiones tienen idiosincrasias distintas pero somos una sola cultura. Somos de la Costa, de la sierra, de la selva… ¡todos somos peruanos carajo y debemos querernos!”, dice Tulio Loza en las afueras de una clínica oftalmológica donde acude, desde hace unos días, para su control luego de la operación a los ojos que fue sometido producto de un glaucoma. ¿Se oxida el cholo de acero inoxidable?... se ríe.

Hace unos días una nefasta frase publicada en un diario local y que no vale la pena reproducir intentó parodiar otra parodia. La que el abogado sanmarquino Tulio Loza acuñó con su personaje Nemesio Chupaca: “Cholibiris nunca bonus. Si bonus nunca perfectis. Si perfectis, siempre cholibiris”. Obviamente la forma en la que esta vez fue usada no tuvo ni la gracia ni el ingenio con la que Loza la empleaba. Por el contrario, sirvió para crispar los ánimos de una población sensible y antirracista, pero también para recordarnos que hay otra parte del país que vive dando la espalda a quienes tienen diferente color de piel.
“Es una frase que me la decía una tía que creía tener sangre azul. Mi tía Bonifacia… y yo la usaba para burlarme de mi mismo que soy cholito. A ella decía: pero tía, entonces yo también tengo abolengo, si tenemos el mismo apellido”, recuerda, jocoso.

Y luego prosigue: “La discriminación en nuestro país no nos favorece. Los que la practican están llenos de complejos y de cosas cursis que ya no están para este siglo. Y todavía ocurre en un gobierno que es “inclusivo”. Bueno, solo queda reírse”, explica este hombre nacido en Abancay en 1937, pero que –según su propio testimonio- tiene más de veinte años y menos de cien.

NUNCA SE SINTIÓ DISCRIMINADO. Tulio Loza, metro 70 de estatura, dientes envidiablemente blancos y dueño de una picardía que conquistó la tevé en los ochenta, afirma que nunca se sintió discriminado. Por el contrario, siempre se supo querido, siempre lleno de fuerzas para demostrar que es un pendenciero, un hombre de campo que conquistó la ciudad. Quizás, y lo dice con la misma sonrisa que le hemos visto ciento de veces en la televisión y por el Youtube, “me ayudó el hecho de ser blanquiñoso y tener pelito en el pecho… ¡mira!”, dice y lo muestra como lo hacían con aquellos personajes suyos.

“Yo iba a las fiestas y pedía huaynos. No te niego, sí había discriminación hace 50 años y por eso a muchos les daba vergüenza hablar en quechua. Yo hablaba en quechua y mis paisanos no me respondían. Había complejo, una discriminación asquerosa… y yo en la televisión me encargué de borrar todo eso”, afirma con orgullo, quien hace poco personificó a Don Emiliano Pampañaupa en la serie Al Fondo Hay Sitio y que lo devolvió a la palestra. Es por ello que una niña se le acerca y le pide un autógrafo. Su padre, quien está con ella, le pide una foto. Claro, es Tulio Loza, en vivo y en directo.

Para este hombre que ha lanzado su página donde encuentras “wolpeypers”, películas, y sus personajes con el objetivo de que lo vean más “cibernético” y hasta en la “Huev”, hay tres “cholos” que hicieron algo por levantar de manera grandiosa la imagen del hombre andino en nuestro país.

Los enumera, sin orden de mérito y sabiendo que su aporte ha servido para reconocer nuestra historia, nuestra raza, nuestra cultura, nuestra habilidad, sacrificio y talento: Hugo Sotil, quien hizo magia en el Barcelona de España y recordado por destrozar las cinturas madrileñas; Luis Abanto Morales con su hermoso canto y poesía llena de frases que salen de la vena: “Soy tu cariño; tu eres mi vida pero apartarnos, solo el señor”; y- además, dice- el gobierno de Belaúnde porque “habló del Perú profundo”.
“Ellos son los elementos que ayudaron a que nosotros los cholos salgamos al frente y nos podamos sentir orgullosos de lo que somos”, dice.

Luego habla de esfuerzo, del sacrificio, del valor con el que nació nuestra raza. Menciona ejemplos sencillos: “Tenemos a Lima Norte, no le decimos cono porque es peyorativo. Lima Norte es una ciudadela con mucho progreso. Una ciudad bella. Y ese progreso se lo debemos al éxito de sus propios cholos que lo lograron y sin ninguna ayuda del papá gobierno”.

Después, nos suelta unos chistes que llevan su sello. Son graciosos, llenos de picardía, la  misma que conquistó el teatro, la televisión, el cine y ahora la internet con su página web y su espacio en Facebook. Un hombre bueno que también tiene su aporte al país: hacer que nos reflejemos los unos a los otros, gracias a su arte, gracias a su humor.

jueves, 24 de enero de 2013

La triste espera



Texto: David Gavidia.
Fotos: Christian Salazar.

A los 19 años los terroristas mataron a su padre y dos hermanos. Huyó de Huancavelica. Dejó el campo, que significa perder el ganado, las cosechas, el trabajo y huir junto a cinco hermanos y su madre hacia donde no los alcance el horror. 

Han pasado 29 años y sería mejor no hacerle recordar aquel episodio a Juana Carahuanco Tello, pero es inevitable preguntarle por aquella madrugada de 1984. La historia la cuenta con silencios intermitentes. Solo interrumpidos por el perifoneo de los comerciantes del Mercado Huamantanga, de Puente Piedra, donde vende tubérculos desde las cuatro de la mañana hasta las ocho de la noche. Ese poco dinero –o como dice ella: “el sencillo que me gano”- lo usará para mantener a sus tres hijos y a su madre, de 76 años, quien tiene la salud quebrada.

Durante la conversación mencionamos la palabra “reparación” y al oírla su gesto es extraño. Una sonrisa, mezcla de sorna e incredulidad, va acompañado de  un “ay, joven”, que más parece una exhalación de resignación para recordar que el panorama–al menos para ella- no es alentador. Nos referimos a la reparación económica que sigue sin llegar para miles de víctimas del espanto que vivió con crueldad  nuestro país entre las décadas de los 80 y 90. “Qué te puedo decir”, insiste. Hace años sigue en la espera de que su nombre aparezca en alguna de las listas y acceda a un dinero que si bien no paliará la pérdida de su padre y dos hermanos, al menos le serviría para darle una mejor calidad de vida a su madre.
  
-“Creo que nunca llegará…tantos años, es una burla”, dice ahora en su casa en el Asentamiento Humano San Pedro de Choque, en las alturas de Puente Piedra y a veinte minutos en mototaxi, desde el Mercado Huamantanga. Su hogar está muy alejado de los grandes comercios de la Panamericana Norte, que desde el cerro, se pueden ver como objetos extraños que reafirman los grandes contrastes que hay en la capital. Aquí arriba: casitas de madera, chozas sin techo, colchas que hacen de paredes, ambientes construidos con piedras extraídas del cerro… un todo de miseria por donde se mire. Allá abajo: cines, pollerías, tiendas de electrodomésticos, grandes industrias. Y a 40 kilómetros, Palacio de Gobierno.


“Nosotros somos víctimas y no nos reparan”, repite Juana, ahora con indignación. “Bueno pues, yo sigo luchando. Lucho por mis hijos, por mi madre y mis hermanos, hasta ahora. Ellos se quedaron huérfanos chiquitos y no recuerdan a mi padre. No acabaron el colegio, con las justas terminaron primaria, por eso es difícil cuando van a buscar trabajo y ven que no tienen estudios, o secundaria al menos… y los rechazan. Entonces ellos se tienen que cachuelear, hacer mototaxi, limpiar casas, pero igual no les alcanza cuando se tiene una madre enferma y mantener a su familia. La reparación no llega, y si llega, nos van a dar 10 mil soles. Al menos es algo, ¿Pero 10 mil soles es lo que valorizan la vida de mi padre que mataron a balazos y de mis hermanos que mataron tirándoles piedras en la cabeza?”.


La cifra que Juana menciona es el monto que establece el Decreto Supremo 051 de junio 2011 y que diferentes asociaciones de víctimas piden se modifique. En su artículo tres señala que la reparación es de 10 mil soles por víctima desaparecida, fallecida, o aquellas que sufrieron violación sexual o tienen discapacidad producto de la violencia que vivió nuestro país en aquellos años.


Las víctimas y sus familiares, como Juana, piden que el monto sea de 39 mil soles, como se reparó a los “ronderos”. “Con ese dinero podríamos poner un negocio con mis hermanos y darle una mejor calidad de vida a mi madre”, dice Juana, quien sabe que si fuese beneficiada, los 10 mil soles tendrían que ser repartidos –como establece el Decreto- en 50% para la esposa de la víctima; y el otro 50% en partes iguales entre los familiares, en este caso, los cinco hijos recibirían mil soles cada uno. “Imagínate si fuéramos 10 u 11 hermanos, cuánto nos tocaría ¿200, 500 soles por la vida de mi padre y hermanos?”.


UN RINCÓN ALEJADO. El asentamiento Humano San Pedro de Choque alberga a una numerosa población de víctimas del terrorismo. Muchos de ellos son del anexo Mesacocca, de Huancavelica. Pueblo que sufrió el ataque de Sendero Luminoso y luego fue incendiado como cruel registro. Mucho perdieron a sus madres, hermanos, hijos. Muchos huyeron espantados con lo que sus ojos vieron.


- ¿Cómo es que llegan acá?- Huimos del terrorismo. Yo recuerdo algunas cosas porque tengo 33 años, pero sí tengo en mente cuando dormíamos junto a los ríos y sin frazadas para protegernos. Me acuerdo cuando los terrucos apuntaron en la cabeza a mis padres para asesinarlos. Por suerte no los mataron, pero esa noche huimos. Al día siguiente los senderistas volvieron e incendiaron el pueblo.


Quien responde es Delia Pariasulca Huamaní. Su madre, Marcelina Huamaní, acaba de fallecer. Murió esperando una reparación y con fuertes traumas psicológicos por lo sucedido. Ella no pudo acceder a un tratamiento. “Era muy caro”, dice. “Falleció con la expectativa de ser reconocida como víctima, como desplazada”, recalca. Pero esa posibilidad nunca llegó. Así como su madre, también nos cuenta que murió su vecina, la señora Tomasa Quicaño Hilario, quien sufrió en carne viva la insania de Sendero Luminoso.


Si bien, ambas murieron en la espera de ser reconocidas como beneficiarias, hay unas 3 mil 200 que sí figuran en listas para recibir su indemnización pero fallecieron antes de cobrarla. Su alicaído estado de salud, la avanzada edad y la extrema pobreza son algunos de los factores que influyeron. Los fallecidos representan el 5% de los 69 mil 132 inscritos para acceder a la compensación económica. Hasta el momento, solo 17 mil personas han cobrado su reparación económica.


“No puede ser que se mueran sin ser reconocidas y en condiciones de mucha pobreza…ellas también son víctimas. Dejaron todo en su pueblo y a muchas torturaron y violaron. Ahora a nosotros el Estado debería de reconocernos como desplazados”, dice Delia, quien se inscribió en el Registro Único de Víctimas, pero ve difícil obtener alguna reparación. “Nosotros como desplazados podríamos acceder a la reparación colectiva”, dice, y recuerda que hace poco el presidente Ollanta Humala entregó a los pobladores de Lucanamarca, Ayacucho, como reparación 100 mil soles a cada una de las comunidades de Carmen de Alanya, Santa Rosa de Ccocha, San Antonio de Julo, Luccanacasa y Asunción de Erpa.


“Como decimos acá… solo nos queda esperar”, afirma, mientras conversa con su esposo, un eventual mototaxita que construyó su casa con las mismas piedras del cerro en el que viven.


HUAYCÁN, TIERRA DE DESPLAZADOS. Es fin de semana, el sol quema en Huaycán y una mosca se para en el rostro del Felix Loayza Villanueva, de 69 años. Su apariencia es de alguien mayor. Tiene la piel amarilla, producto de un mal en los riñones que lo va consumiendo. Ya casi no tiene fuerzas. Está en el suelo acostado sobre unas colchas que hacen las veces de cama. Su hija le alcanza un poco de agua que bebe a pequeños sorbos. Su voz es baja, casi no se le escucha. Parece desfallecer. Él fue víctima de tortura en Angaraes, Huancavelica, y también espera ser beneficiado con la reparación. 


“Hasta ahora no sé nada…no me dan nada. ¿Será por qué estoy vivo?, por eso será que no me dan. Estoy destrozado mentalmente y psicológicamente. ¿A qué se deberá que no salga la reparación?”, se pregunta quien estuvo hospitalizado, pero al no encontrar reacción de su cuerpo ni aparente cura, sus familiares, decidieron sacarlo e intentan aliviarlo con medicina natural. Una última alternativa ante lo inminente. 


“Ya no puedo sanar, ya. A veces hay días que quiero sanar y después me vienen los días que estoy peor”, dice. Él está registrado desde el 2007 y su certificado lleva la firma de Sofía Macher como presidente del Consejo de Reparaciones. Junto a él también se encuentra su esposa Juliana Cárdenas Carpio, quien también fue víctima de aquellos años nefastos. Ambos se encuentran en la triste espera de una reparación que no se sabe si llegará. Las trabas burocráticas hacen lento el proceso. En tanto, ellos siguen siendo víctimas del terror.


Debido a su pobreza extrema, el señor Felix pide ser beneficiado por Pensión 65. Su esposa lo es. Ella está inscrita y para cobrar los 100 soles debería viajar todos los meses a Huancavelica. Como no puede hacerlo, cada 60 días hace el recorrido de 500 kilómetros, casi doce horas de viaje, y va por el dinero. Gran parte de él se va en pasajes, comida. Con lo que queda, y la ayuda de sus hijos, intenta sobrevivir con su marido enfermo.


A unos kilómetros más allá se encuentra el centro poblado 5 de noviembre, en Santa Clara. Allí encontramos al señor Honorato Inuma Aguada de 83 años con una depresión terrible que se agudiza cuando recuerda que escapó del terrorismo en la selva. Es uno de los más de 46 mil 400 desplazados. 


El señor Honorato habla cuando vivía en Loreto y le cambia el rostro. Una ligera sonrisa aparece en él. También cuando piensa que si le quedaran fuerzas iría a trabajar el ganado en Madre de Dios. Pero al simple tacto con el recuerdo de la violencia con la que tuvo que convivir y huir, sus ojos se llenan de lágrimas y le es difícil articular palabras. No tiene casa, vive en un cuarto de madera en donde solo tiene espacio para una cama. Sale a la calle para tomar un poco de sol pero quema y la tierra del lugar le seca la garganta. Prefiere no hablar más. Le es difícil recordar. 


Cerca de él vive Celia Medina Baldeón, esposa del desaparecido en Vilscahuamán, Ayacucho, Benigno Teccsi Palacios, quien con su hija Haydee preguntan la forma de obtener la reparación. De a pocos, vecinas que forman parte de diferentes asociaciones le dicen que el registro de víctimas fue cerrado el 31 de diciembre del 2011 y muchas personas se quedaron sin inscribirse y no accederán al programa de reparación económica individual. El rostro de Celia es triste y sus palabras son de indignación, pues perdió al esposo hace 30 años y sigue sin “hallar justicia”. Alza la voz, dice que saldrá a las calles, que marchará para que los tomen en cuenta y el proceso acelere el paso y no sea ése camino largo, triste y tortuoso en el que se ha convertido para miles de víctimas de una época de terror. “Qué podemos hacer si vivimos como si nos tuvieran olvidados”, dice Celia en un momento de calma. Todos se miran las caras. Ella busca una respuesta pero el silencio, en esta alejada zona de Santa Clara, se apodera del lugar. 

domingo, 13 de enero de 2013

El Suizo: una vida frente al mar




Historia publicada en la edición N° 90 de la revista Correo Semanal. 
Con 76 años, el restaurante Suizo se mantiene de pie con su tradicional elegancia. Ni el mar de la Herradura ni el tiempo han podido con este rincón típico de Chorrillos.

Texto: David Gavidia.

Es miércoles por la tarde y algo inusual está por ocurrir en el Suizo, restaurante con 76 años que se resiste al tiempo, al mar y a las rocas de la Herradura: La foto enmarcada de uno de sus visitantes caerá al suelo y el ruido del vidrio romperá el habitual silencio que, en este lugar, solo es perturbado por las olas del mar.
-        ¿Quién se cayó?, preguntará con preocupación Carmen Castillo, la actual administradora, como si en lugar de una foto se hubiese ido para el suelo uno de sus comensales. “¡Uy, qué pena!”, dirá, cuando uno de los mozos le acerque el retrato. “Es una gran persona”, recordará al ver la imagen, desgastada por el sol…
La foto, sin embargo, es una de las tantas que decoran las paredes verdes del restaurante.  Son varias, al punto que uno pierde la cuenta de tanto personaje. Enmarcados, aparecen Mario Vargas Llosa y Alfredo Bryce Echenique;  Kina Malpartida y Gastón Acurio; Alan García y señorones exlatinlovers de apellidos compuesto que, sonrientes, posan para la eternidad en un local que también parece eterno.

El restaurante Suizo, es uno de los últimos (o quizás el último) reducto tradicional de la Herradura. Un local que desde su fundación en octubre de 1936, ha mantenido su infraestructura, su carta y su septuagenario coctel de fresa. “Somos el restaurante más antiguo, que no ha variado de mando ni de familia en la administración. Nuestros visitantes nos piden que no cambiemos nada… venir acá es como volver a casa… es recordar los veranos dorados”, dice Carmen, con el orgullo propio de quien ha sabido mantener la tradición. Ella, junto a su hermana Lucy (quien también fue administradora del restaurante) y a su madre de 86 años, Eulogia Quintanilla viuda de Castillo (actual gerente pese a su reciente delicado estado de salud), mantienen de pie este local de piso de cemento rojo, sillas de madera rústica, servilletas de tela y ventanales de madera con vista al mar que son reflejo de una elegancia austera.

Los veranos dorados a los que se refería Carmen es al de los turbulentos años sesenta, al de la primera tabla Hawaiana, al de los luaus y sus reinas, al del club de los martes y cuando la playa tenía 50 metros de arena y ni una piedra incrustada. Algo que hoy, a juzgar por el presente, parece irreal.

El Suizo en la actualidad se encuentra rodeado de bares, salsódromos, discobares, cevicherías, al lado de jaladores y de muchos personajes que desconocen lo que este lugar simboliza para la playa, que de tanto olvido, merece un premio a la resistencia.

Resistencia es la capacidad de aguante. Y aguante es que el restaurante mantenga las puestas abiertas pese al devenir, renacer y devenir de la playa. Desde que fue inaugurado por el fallecido Rodolfo Castillo (padre de Carmen y Lucy y esposo de Eulogia) y la pareja de suizos Albert Frischknecht y Catalina Gfeller. Resistencia también es aguantar los errores de un alcalde, Pablo Gutiérrez, que en los 80 ordenó dinamitar la zona para construir un camino hacia La Chira bordeando el Morro Solar. Estallaron las rocas, cayeron al mar y estas cambiaron la configuración natural de la playa. La naturaleza,  noble pero no idiota, devolvió las rocas a la orilla. La convirtió en un pedregal, tal como la conocemos ahora. Luego ya sabemos lo que pasó: vino la debacle, el tiempo y la ausencia. Hace un año, la alcaldesa Susana Villarán intentó reinaugurarla y le colocó arena. Lo que sucedió después también es otra historia conocida. El olón, la mofa. La Herradura, dejó de ser ese balneario de aristocráticas costumbres y nobles jerarquías.  El Suizo sigue en pie.

FIESTA. Es jueves tres de la tarde y los mozos del Suizo llevan cara de tensión. Uno de sus habituales clientes festeja sus cincuenta años en el restaurante y reservó la terraza para él y sus trabajadores. Almuerzan, conversan, bailan. Es raro que bailen en el local. A esta hora se escucha cumbia, reguetón. Los platos van y vienen.

“No ponemos música, bueno, sí la instrumental. Aquí la gente suele venir a conversar… esta vez aceptamos porque se trata de un cliente especial y nos pidió permiso. Por esta vez le dejamos que ponga la radio”, dice Carmen, sonriente. No le queda otra. La fiesta es envidiable, buena comida, buenos cocteles, una vista a la playa espléndida y la terraza contrasta con el salón principal que está vacío. Allí nos encontramos, observando cómo los mozos preparan el coctel de fresa y el Pisco Sour. No nos permiten el ingreso a la cocina.

Es entonces que, delante de nosotros, pasa el homenajeado de la tarde y le preguntamos el motivo por el que decidió celebrar aquí su cumpleaños número cincuenta. “Porque en el Suizo pasé todos los sábados de mi juventud”, nos responde José Orellana, y sin dudarlo, agrega: “Yo vengo a la Herradura desde los 13 años… ya son muchos años y celebrar mi cumpleaños acá es un privilegio”, nos dice, con un licor en la mano.

El licor no es otro que el tradicional coctel de fresa. El que se bate a puño limpio y el que hasta hace un tiempo la misma Carmen preparaba. Sin embargo el frio y la fuerza del movimiento le generó un leve problema muscular en el brazo y eso le impide hacerlo constantemente. Ahora se encargan los mozos.  “Yo alguna vez lo hago. Solo para clientes muy especiales y cuando me lo piden”. Lo mismo ocurre con ciertos platillos.

Y quien mejor conoce aquello de los platillos es el señor Cerapio Mendoza, Pacha, el cocinero del Suizo y quien con cuarenta años de trabajo en el local sabe los secretos de cada receta. Como buen cheff, jamás los divulgará. “Solo puedo decir que aquí todo es bien servido y la comida es fresca", afirma, y menciona algunos platos con historia: La butifarra, la Corvina a la Chorrillana, el lomo a lo Suizo, el chicharrón de chancho. “Estos se deben solicitar por anticipado, no los preparamos en el momento”, dice. Y es que todo se realiza con la antigua receta y el viejo esfuerzo, por citar uno: el ají no se licúa, se muele en el batán.
La tarde en el restaurante pasa sin sobresaltos. Esperamos a la señora Eulogia, la viuda de Rodolfo Castillo, pero un problema de salud no le permitió llegar. Se disculpó a través del teléfono y nos contestó una pregunta que solo ella puede responder: ¿Cómo es que con tantos años, el Suizo sigue en pie? “Es que aquí me enamoré, tuve a mis hijas y no me fui más… es mi vida”. Y esa sola frase la podemos resumir en dos palabras: amor y tesón.

Al colgar el teléfono observamos a Carmen, quien está rodeada de artefactos de otra época, a la cual, nosotros no pertenecemos: una antigua caja registradora; un viejo reloj; nos señala un lugar en el que estuvo el piano de cola y la jaula de canarios que escaparon en alguna de esas memorables fiestas. Quedamos en medio de ese local que exhibe una austeridad que roza lo franciscano, que tiene un ambiente en el que la elegante bohemia se mantiene firme, pese al maltrato de los años; y frente a ella, una noble playa que, sin duda, supo de tiempos mejores, y hoy la han convertido, junto al Suizo, en el balneario de las nostalgias, en símbolo de una tradición.

lunes, 30 de julio de 2012

Al rescate de Chambi.

Texto publicado en la edición N°62 de Correo Semanal. Ocho páginas con fotos inéditas del fotógrafo puneño.

Por: David Gavidia.
Fotos: Cortesía Archivo Martín Chambi.


Claudio Pizarro, el máximo goleador extranjero en la historia de la Bundesliga tiene la mirada perdida. Lleva la camiseta de Perú y los ojos en un punto sin destino. Su gesto es de quien falló en la definición. Se trata de una foto que promociona una tienda deportiva que está en ese edificio, pero también, demuestra que –solo a veces- todo tiempo pasado fue mejor: en ese lugar funcionó, durante la segunda década del siglo que pasó y por 40 años, el taller del primer fotógrafo indígena de América Latina: Martín Chambi Jiménez, ese puneño pionero en desnudar la complejidad social de los andes a través de sus claroscuros, aquel viajero inacabable que retrató las primeras imágenes de Machupicchu y que dio luz, con más de 30 mil instantáneas, a los rostros y rastros de un Perú andino que aun  estaba sin conocerse.
Hoy, esa casona republicana -ubicada en la calle Marqués y a dos cuadras de la Plaza de Armas de Cusco- también se lo dividen un hostal sin estrellas y un bazar de zapatos. Como única señal de quién habitó allí, solo queda un letrero acuñado en la pared. Mirando aquel escenario se encuentra Teo Allaín Chambi, nieto del “insigne fotógrafo”, que observa todo con la nostalgia que dan las cosas que se añoran: desea recuperar el inmueble  para crear el “Museo Martín Chambi Jiménez”.
-                     “Es nuestro gran proyecto y venimos trabajando hace años en él”, dice, quien se encarga de rescatar, promocionar y revalorar el trabajo de su abuelo con imágenes que  ya han dado la vuelta al mundo, como la serie de “El Gigante de Chumbivilcas”,  ese indígena de 2 metros 10 que posa para siempre en harapos, o “La Boda de don Julio Gadea, prefecto de Cusco (1930)”, que fuera considerada - por su juego de luces y sobras- como una de las 100 fotos emblemáticas de la historia de la fotografía por el Museo de Arte de Nueva York.
Recuperar la casona parece una tarea titánica. Sobre todo por el valor que los actuales dueños le han puesto al inmueble: un millón de dólares. Para lograrlo, los familiares están en la búsqueda de capitales extranjeros y nacionales que decidan invertir en la adquisición y la implementación del edificio. “Hay interés de instituciones foráneas. Pero falta la contraparte peruana”, dice Teo Allaín.
-         ¿Y si no recuperan en el antiguo taller?
-         Tenemos el plan B.  Buscar una nueva casa en Cusco.
-         ¿Siempre en Cusco?
-         Sí.
El museo todavía parece un objetivo a largo aliento. En el camino, Teo, ha tocado puertas pero también ha venido trabajando para lograrlo. Desde hace 22 años difunde y organiza el extenso patrimonio gráfico de Martín Chambi, y desde setiembre del año pasado viene haciendo algo loable: el proceso de digitalización de las aproximadamente 30 mil placas y negativos que conformar el archivo.
En ese camino ha redescubriendo un material inédito e inacabable. Ese que alguna vez Mario Vargas Llosa describió: “Como un mundo donde aún las formas extremas de desamparo, discriminación y vasallaje han sido humanizadas y dignificadas por la elegancia”. Entonces, el gran universo Chambi se abre paso con los clásicos retratos de un Cusco aristocrático e indígena; con sus paisajes inaccesibles o con desnudos de la época; con niñas jugando con muñecas y campesinos indigentes que son, sin duda, las estampas de un fotógrafo andino que se identifica con lo que expone.
 EL VASTO ARCHIVO. Estamos en Cusco y hace unas horas terminó la peregrinación del Señor de Qoyllur Rit’i, se inicia la festividad del Corpus Cristi y en las calles se come el Chiriuchu, platillo tradicional que consta de cuy, gallina y huevera. Hemos cruzado la ciudad para llegar al nuevo archivo donde se viene trabajando en la digitalización. Es un privilegio llegar hasta acá. Es un sitio restringido y su dirección debe ser mantenida en secreto por razones de seguridad. Su fachada se confunde con la de otros negocios, puede ser una cabina de Internet o un Laundry Service. En el interior se observan fotografías tradicionales de Chambi: “La llama y el llamero (1930)”; “Víctor Mendivil junto al Gigante (1929)”; y su famoso “Autorretrato”. La luz es tenue y los muebles son los mismos que usó el artista en los años 40. En los distintos ambientes aparecen tesoros para cualquier apasionado de la fotografía: la cámara, el retocador, cortinas, diarios, caricaturas, diplomas, cuadernos personales y autógrafos de artistas e intelectuales a los que Martín retrató: Uno de ellos, el de la poeta y activista social Magda Portal:
“A Chambi, cuya fina sensibilidad de artista debe tanto el pasado, el presente y el futuro de la más peruana de las ciudades del Perú”, Cusco, 27 de noviembre de 1933.
Otro de los recuerdos que se atesora en el archivo son los recortes periodísticos de la época. Uno del diario La Prensa de 1927 informa sobre su exposición en el Hotel Bolívar de Lima y lo califica como: “El mejor fotógrafo andino”. Y La Crónica- sobre la misma muestra- no escatima en elogios: “Chambi, como artista, es mucha cosa”. En tanto, un verso del poeta cusqueño Luis Nieto lo bautiza como “Poeta de la luz [y] corazón de bandolero con pies de chasqui que siempre quiere irse”. Son un crisol de halagos sobre imágenes en blanco y negro, sepia y oro viejo. El tiempo, ya se sabe, solo puede ser atrapado por una fotografía feliz.
En medio de ese ambiente con historia se realiza la más ardua de las tareas. Las fotos inéditas, como las que acompañan esta nota, pasan por un scanner que recibe las placas de vidrio de 18x24; 13x18; 10x15 y 9x12 centímetros. Material guardado en un apartado seco y protegido con papel libre de ácido; cada foto (previa limpieza de la placa con aire comprimido o productos químicos) se digitaliza entre seis y 10 minutos a 300 dpi de resolución, lo que asegura la mejor calidad para ser impresas. Por semana se logra visionar 120 imágenes, y en un año y medio se espera culminar con todo el proceso.
“Todos los días nos encargamos de clasificar las fotos. Según mis cálculos, solo se conoce el 30% del material de mi abuelo, el resto está por descubrir”, afirma Allaín.
NO ES PROFETA. Si bien Martín Chambi Jiménez es un fotógrafo admirado por la intelectualidad peruana y extranjera, su trabajo no es muy popular entre las masas cusqueñas. “Martín ¿quién?”, se preguntó una promotora de turismo. “No sé, no sé”, dijo otra. Está claro, su nombre no figura en las guías ni en el boleto city tour de la ciudad imperial, pese a tener una muestra permanente de 107 fotos en el Palacio del Inca Tupac Yupanqui (local que pertenece a un conocido banco) en la calle Maruri de Cusco. Sin embargo, sus fotos sí son reconocidas por los visitantes. Algunos restaurantes adornan sus paredes con imágenes del tipo “Chicha y Sapo”; ambulantes piratean sus fotos de la ciudadela de Machupicchu y las convierten en postales, pero no incluyen el crédito del autor. Esto último provocó la indignación de Teo Allaín quien hace unos días decomisó el material de un pirata.

-  “Lo que me molestó fue que no consignaran el nombre de mi abuelo”, dijo, en defensa de lo que considera justo, ya que la verdadera misión de Chambi –afirma- era fotografiar lo positivo de cada rincón que visitara y darlo a conocer al mundo. Prueba de ello es una entrevista que Martín concedió a un periodista del diario El Pueblo de Arequipa en 1958, donde reveló el real motivo de su trabajo: “Desde que empecé a tomar la fotografía en serio, mi ideal fue solo uno: dar a conocer al mundo toda la belleza natural de mi patria y la imagen tan hermosa de las ruinas que hablan de nuestro pasado histórico, con el fin de promover en lo posible, de acuerdo a mis medios, el turismo en el Perú”.
Tarea cumplida la de su abuelo, podría pensar Teo Allaín, pues las fotografías del Poeta de la Luz han recorrido las salas de Nueva York, Madrid, Paris, Londres, Buenos Aires, Chile y Lima; y sus trabajos publicados en importantes medios como Variedades y La Crónica de Perú; La Nación y La Prensa de Argentina; así como en la internacional National Geographic. Lo que siempre llamó la atención fue su capacidad para inmortalizar ese universo que aprendió en el estudio del reconocido fotógrafo arequipeño Max T. Vargas; que siguió con el fotoperiodismo en Sicuani y que luego encontró en el Cusco la madurez y estilo personal que lo han catapultado como uno de los más importantes artistas de la imagen.
Pese a todo ello, el trabajo de Martín Chambi todavía no goza de la suficiente difusión que merece para llegar ese episodio épico que el destino le debe tener reservado. La falta de recursos y personal siempre son los baches con lo que uno debe aprender a tropezarse en el camino, sin embargo, los esfuerzos están: La familia lucha por el Museo y la Fundación; el banco que exhibe sus imágenes creó una agenda con sus fotografías, y una empresa postal diseñó un matasello con su retrato.
Teo sabe que las fotos están muy bien resguardadas y que su futura publicación, en un nuevo libro o en  una sala, será un hecho. “Son un tesoro… tanto esfuerzo no será en vano”, afirma, pero sobre todo, espera llevarlas a un inmueble cusqueño que las acoja para darle el valor y la dimensión que se merecen. Y no solo nos referimos al tamaño, como en esos restaurantes que sin licencia colocan las imágenes de Chambi a lo largo de un elegante pasaje, o como en Santo Tomás de Chumbivilcas, donde exhiben la fotografía de “El Gigante” en un marco de tres metros de altura, como contundente y real homenaje de revaloración a la genialidad de este domador de la luz. Pues, finalmente, esa sería la recurrente ambición de su familia: Darle el espacio que, sienten, su historia merece.